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Full text of "El amor tardío : drama romántico en tres actos"

ALBERTO LNSÚA 
A. HERNÁNDEZ CATA 



EL AMOR 
TARDÍO 




DRAMA ROMÁNTICO EN TRES ACTOS 
REN ACIMIENTO 

tí 



EL AMOR TARDÍO 



ALBERTO JNSÜ A 
ALFONSO HERN"£NDEZ CATA 



EL 
AMOR TARDÍO 

DRAMA ROMÁNTICO EN TRES ACTOS 



Estrenado en el TEATRO DE 


LA PRINCESA, de Madrid 


la noche del 12 de Abril de 1915. 




I^Si MIENTO ' 






ni 




RENACIMIENTO 


MADRID 


BUENOS AIRES 


SAN MARCOS, 4 


^ 




LIBERTAD, 172 



1915 



Esta obra es propiedad de sus autores. 

Los representantes de la Sociedad de Autores Españo- 
les son los encargados exclusivamente de conceder ó negar 
el permiso de representación, y del cobro de los derechos 
de propiedad. 



Droits de représentation, de traduction et de reproduc- 
tion reserves pour tousles pays, y compris la Suéde, la Nor- 
vége et la Hollande. 



Copyright, 1915, by Alberto Insúa and Alfonso Hernán- 
dez Cata. 



[RRENTA DE JUAN PTJEYO.— MESONERO ROMANOS, 34, MADRID 



DEDICATORIA 



Margarita Xirgu 

yá 
Ricardo Puga 



Digitized by the Internet Archive 
¡n2013 



http://archive.org/details/elamortardodrama26811insa 



REPARTO 



PERSONAJES ACTORES 

ISOLIN A 20 años Margarita Xirgu. 

REMEDIOS 46 años Julia Sala. 

SOCORRO 42 años Concepción Ester. 

CAMILITA 16 años Josefina Santaularia. 

JUAN ANTONIO 59 años Ricardo Puga. 

FRANCISCO 50 años Francisco Barra ycoa. 

PEDRO 19 años José Rivero. 

CAMILO 48 años Pedro Cabré. 

JUAN 39 años José Lucio. 



Las edades indicadas son las qiíe tienen los persona- 
jes al comenzar la acción, que se desarrolla en España, 
en nuestros días. 

Las indicaciones de lugar corresponden á los lados 
de los actores. 



ACTO PRIMERO 



En casa de don Juan Antonio Paz, en Villanoa del 
Miño, á fines de Agosto, por la tarde. 

Un comedor grande, con muebles claros, y una galería 
de cristales sobre un jardín, al fondo. Puertas á los 
lados. El comedor debe dar idea del carácter del due- 
ño: Don Juan Antonio Paz es hombre rico, sabio y de 
gustos sencillos. 

En uno de los extremos del comedor habrá un peque- 
ño «bureau». 

Juan Antonio lee un periódico; se 
ve que está nervioso. Remedios, algo 
desazonada también, hace como que 
tragina en el comedor. 



REMEDIOS 

Ahora sería el momento, Juan Antonio Tu her- 
mano Francisco acaba de marcharse al casino... A 
estas horas no viene nadie de casa de Socorro... 
¿Quieres que llame á la rapaza? 



JUAN ANTONIO 

Bueno... Es decir, espera. 



12 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

REMEDIOS 

¿Para qué?... ¿Tienes miedo todavía? 

JUAN ANTONIO 

Miedo no, pero escrúpulos, sí.. . Unos escrúpulos 
tremendos... ¿Tú qué quieres? 

REMEDIOS 

Si yo que soy la madre de Isolina lo consiento... 

JUAN ANTONIO 

Sí, claro... Pero ella, ¿tú crees que ella? Vaya, ha- 
blemos francamente: ¿Tú crees que podrá llegar á 
quererme? 

REMEDIOS 

Te quiere ya. 

JUAN ANTONIO 

Una cosa es el tío Juan Antonio, el tío rico que 
la ha mimado y protegido siempre, y otra cosa es el 
marido viejo. Tú quieres la boda; ya se ve... Tú 
misma has fomentado la pasión que ahora siento 



EL AMOR TARDÍO 1 3 

por tu hija, \ pobre de mil, de un modo irresistible .. 
Y lo has hecho por interés. 



REMEDIOS 

¿Por interés? 

JUAN ANTONIO 

Sí, prima Remedios; por un interés muy excusa- 
ble... Sueñas en ver á tu hija en una posición bri - 
liante, rica: la mujer más rica del pueblo... Toda tu 
vida no has tenido otra preocupación que esa hija. 



REMEDIOS 

Es verdad. Veinte años tiene... El tiempo que 
hace que no veo á su padre, que ni se acordará de 
mí... Al Verme abandonada y deshonrada, no en- 
contré más consuelo que esa hija ni más protección 
que la tuya. Sólo tú, de toda la familia, no me has 
despreciado. Tú no sabes lo que he sufrido en este 
pueblo, donde mi hija y yo parecíamos dos lepro- 
sas. Todo porque no quise casarme y dar un padre 
falso á mi Isolina... Se paga caro el tener orgullo y 
voluntad en estos pueblos .. 

JUAN ANTONIO 

Siempre fuiste templada, prima Remedios. Esa 
independencia de tu carácter me sedujo siempre. 



14 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

REMEDIOS 

Así pude resistir hasta que tú viniste. Ayer hace 
tres años que llegaste á Villanoa, — los mismos que 
llevo yo respirando... Me importa poco que tu her- 
mano Francisco me odie, que tu hermana Socorro 
apenas se digne mirarme, que tu cuñado Camilo, 
ese hipocritón, me esté deseando la muerte mien- 
tras me sonríe con su risita de conejo... Yo sé que 
tú me quieres, y tú eres todo para mí... Figúrate si 
me gustará que te cases con la rapaza: figúrate si la 
tendré convencida... Yo no veo tus canas... Arrugas 
apenas tienes, y no son de viejo, sino de sabio... 
Mi hija será feliz contigo, será rica, y todos los que 
la despreciaron vendrán á adularla. 



JUAN ANTONIO 

¿Tú crees que mi dinero la hará feliz? 

* 

REMEDIOS 

Tu dinero y tú . ¿No tendrá á orgullo el ser tu 
mujer?... ¿Cómo pudo soñar? 

JUAN ANTONIO 

Ella tiene veinte años y yo cincuenta y nueve...; 



EL AMOE TARDÍO 1 5 



pon sesenta. Puedo ser su abuelo... Es una locura, 
Remedios... No ; no podrá quererme, no es posible. 



REMEDIOS 



Quererte ya te quiere... La muchacha es buena y 
cumplirá su deber. 



JUAN ANTONIO 

¡Qué tristeza! Tus consejos y los de nuestro pá- 
rroco serán mis defensores cada vez que ella fla- 
quee en lo que tú llamas deber... Su corazón no le 
dirá nada; no tendrá una sola voz para mí... Senti- 
mientos inferiores, como el de la vanidad, el del 
lujo, el de la envidia causada por su riqueza, la 
acercarán á mí; pero el amor sencillo, sin mancha y 
sin escoria... ése no podrá ella sentirlo... Sesenta 
años... Veinte años... Vejez y juventud... No es po- 
sible, no... Renuncio. 



REMEDIOS 



¡Isolina! 



Madre... 



Acercándose á una de las puertas 
con decisión súbita: 

Isolina aparece inmediatamente. 



ISOLINA 



1 6 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

REMEDIOS 

El tío quiere hablarte... 



Casi al oído al mismo tiempo que 
sale: 

Anda... Dile que le quieres... 

ISOLINA 

Tío, tiíño... ¿Qué me quería usted? 

JUAN ANTONIO 

Hija mía... Tu madre no ha hecho bien en lla- 
marte... No me atreveré á decirte nunca... 

ISOLINA 

¿Por qué?... Todo lo que usted me diga me pare- 
cerá bien... Nada me gusta tanto como obedecerle... 

Acercándose á él, mimosamente: 

Quiero ver al tío bueno y guapiño, muy contento... 
Al principio era más cariñoso conmigo El primer 
año íbamos juntos á la huerta. ¿Se acuerda el día 
que trepé á un árbol como un rapaz? Me iba á caer 
y usted me sostuvo con sus brazos... 



EL AMOK TARDÍO I n 



¡Isolina!... 



JUAN ANTONIO 

Tomándole la mano. 

ISOLINA 



¿Y aquel día que nos sorprendió la lluvia en la 
era y volvimos á casa en el carrito de Perucho Da- 
costa?... Usted tuvo que cubrirme con la escla- 
vina de su impermeable. 



I Isolina!... 



JUAN ANTONIO 

Tomándole ambas manos. 



ISOLINA 



Pero el año pasado ya íbamos menos á la huer- 
ta... Empezó usted á ocuparse de negocios, como si 
tuviera poco con sus inventos; á hacer vino, á mon- 
tar la granja... Ya trabajó bastante en Madrid cu- 
rando enfermos y estando á punto tantas veces de 
morir para curarlos mejor... Y este año no hemos 
ido á la huerta ni una sola vez; ya parece que olvi- 
dó el tío Juan Antonio á la sobrina... ¿Le doy mie- 
do?... ¿Es que no soy la misma de antes? 

2 



1 8 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

JUAN ANTONIO 

Balbuciente. 

Has dejado de ser una niña... En tres años te has 
hecho una mujer. 

ISOLINA 

Coqueta. 

Yo no lo noto; yo me veo la misma en el espejo... 
Pero ya me dijo igual hace un mes, en las fies- 
tas, cuando estrené el traje que me encargó usted á 
Madrid... Y he pensado mucho... ¿Ya no me quiere? 
Ojalá no hubiera dejado de ser nunca la rapaza que 
iba á la huerta y trepaba á los árboles, y así... 

JUAN ANTONIO 

Isolina, hija mía... me enloqueces... Vete... Mu- 
jer... Te adoro, te quiero. Es una vergüenza... 



La ha abrazado, y quiera besarla, 
pero ella, hábil, sin violencia, se lo 
impide. 



Sea lo que Dios quiera... Es más fuerte que yo... 
¿Quieres casarte conmigo?... ¿Quieres casarte con 
un viejo? 



EL AMOR TARDÍO 1 9 

ISO LINA 

Viejo, dice... No lo cambiaba por el más galán de 
la provincia... Viejo dice, y es un santo para mí. 

JUAN ANTONIO 

Yendo hacia ella tembloroso. 

Entonces, ¿quieres? 

ISOLINA 

Al mismo tiempo que hace con la 
cabeza signos afirmativos, se echa á 
llorar y va corriendo hacia la puerta 
á llamar á su madre? 

¡Madre!... ¡ Madre! 

En la puerta tropieza con Francisco, 
que entra. 

¡Ahí... 

FRANCISCO 

I Si estorbamos, nos vamos!, como dijo el otro. 



JUAN ANTONIO 

¡Ah! ¿Eres tú? 

FRANCISCO 



Ya lo ves, hermano. 



20 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

JUAN ANTONIO 

Turbado aún. 

¿Buen tiempo? 

FRANCISCO 

Fuera, sí. 

JUAN ANTONIO 

Dentro, por lo visto... 

FRANCISCO 

Corren aires de fronda, sí, señor. Remedios so- 
pla como el huracán; á la bella Isolina la acabo de 
ver estremecida como una palmera... Y tú mismo, 
roble patriarcal, tiemblas en este instante... 

JUAN ANTONIO 

¿Y todas esas metáforas, significan?... 

FRANCISCO 

Que acabas de proceder como un chiquillo. 

JUAN ANTONIO 

¿Escuchabas detrás de la puerta?... 



EL AMOR TARDÍO 21 

FRANCISCO 

No; hace cerca de dos años que observo, que 
hago conjeturas y suposiciones. Hoy se ha jugado, 
¿verdad? 

JUAN ANTONIO 

Habla claro. 

FRANCISCO 

¿Hoy ha hecho crisis tu dolencia amorosa? 

JUAN ANTONIO , 

Sí; Isolina y yo acabamos de decir que nos ca- 
samos. 

FRANCISCO 

Está muy bien. Tú mandas; eres dueño y señor 
de tus actos. 

JUAN ANTONIO 

Ya me figuro lo que vas á decirme... Y lo peor es 
que estamos de acuerdo. 



FRANCISCO 

¿Entonces?... 



22 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

JUAN ANTONIO 

El mismo tiempo que llevas tú observando, lle- 
vo yo resistiendo á esta pasión senil. Todas las 
reflexiones que tú, Socorro y Camilo, podáis hacer- 
me, me las he hecho yo mismo durante largos 
meses... Me pasa una cosa muy triste y muy 
sencilla: estoy enamorado. Es un amor tardío y 
presumo que no dará sino frutos de dolor. . ¡Qué 
importal Me encuentro ridículo, sensual... Pare- 
ce que soy todavía un hombre, lo que se dice 
un hombre... ¿Comprendes? Estoy sano, fuerte; mi 
afección cardíaca, que no era sino exceso de traba- 
jo y acaso melancolía de la vida solitaria, ha des- 
aparecido. Ves.. Mírame... ¿Me encuentras tan viejo? 



FRANCISCO 

No, no... Pero ella tiene veinte años. 

JUAN ANTONIO 

¿Y tú crees?... 

FRANCISCO 

Que hay cosas que no casan, Juan Antonio. 



JUAN ANTONIO 

Es verdad. 



EL AMOR TARDÍO 23 

FRANCISCO 

¿Por qué no viajas? Cuando yo volví la primera 
vez de América, estuve sucesivamente enamorado 
de todas las muchachas del pueblo. En cuanto fre- 
cuentaba una casa, ya se sabía... No hay como ver 
una mujer á todas horas, para creer que se tie- 
ne por ella una de esas pasiones... La fuerza de la 
costumbre. . Eso se cura con el cambio: á las tres 
horas de tren ya empieza á desdibujarse nuestra 
Dulcinea. Y si se cruza el charco se esfuma por 
completo. 

JUAN ANTONIO 

Todo eso es ingenioso y hasta posible; pero se 
dan casos .. Yo te digo que no puedo resistir más... 
¿Quieres que viaje? Iré á Inglaterra y me moriré 
solo en un hotel, de tedio y de tristeza... Ya estaba 
yo hecho á esta nueva vida, á este reposo tan bien 
ganado. 

FRANCISCO 

Bueno, pues no viajes. Pero caramba, tú que eres 
tan buen médico, ¿no podrías curarte de esta... 
erupción? A la vejez viruelas... Yo no querría de- 
cirte ciertas cosas, pero, ¿á qué mentir? Toda la 
culpa es de Remedios. 



JUAN ANTONIO 

No seas injusto. Vosotros no la queréis bien. 



24 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

FRANCISCO 

Nosotros, los del pueblo, la hemos visto toda la 
vida y la conocemos mejor que tú. Remedios es una 
mujer fría y calculadora. Después de su mal paso, 
no ha dado ningún otro que no fuera en firme. 



JUAN ANTONIO 

Eso se llama talento. 

FRANCISCO 

Gramática parda ó cazurrería le llamo yo Y esa 
boda, que parece inminente, de su hija contigo, es 
el resultado de su política de aldea. Ella te puso la 
muchacha hasta en la sopa; te. la trajo poco después 
de los quince, te la vistió con la ropa de los domin- 
gos, y... si tú hubieras querido te la habría desves- 
tido también. 

JUAN ANTONIO 

¡Francisco! No digas indignidades. 

FRANCISCO 

Perdona. Ello es que te tragaste el anzuelo. Yo 
bien veía los manejos de Remedios; pero, vamos, 
esperaba de tu sensatez... 



EL AMOR TARDÍO 25 

JUAN ANTONIO 

Hombre... 

FRANCISCO 

Socorro ya te dijo algo; yo no te digo que nues- 
tra hermana carezca de motivos para alarmarse con 
más razón que yo. Esperaba que sus hijos... tus 
sobrinos... 

JUAN ANTONIO 

Fuesen mis herederos, ya... 



FRANCISCO 

Eso es. Después de todo era una esperanza bien 
natural. Pero bueno, á lo que voy: si Socorro pue- 
de tener algún móvil interesado para ver con malos 
ojos tu matrimonio á estas alturas, yo, que no ten- 
go hijos... — porque esos que me achacan ve, tú á 
saber... — , yo, que si es verdad que no tengo oficio 
ni beneficio, lo es también que soy frugal como Don 
Quijote, ¿á qué iba á ponerme ahora con maquia- 
velismos de baja especie?... Por nada del mundo... 
Yo no he querido hablar hasta que he visto la pos- 
tura sobre el tapete... Te habla un jugador... Juan 
Antonio, retira la postura, que aún es hora. 



20 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

JUAN ANTONIO 

Hablemos francamente. Pongamos á un lado el 
amor. Yo no puedo inspirar á Isolina sino respeto, 
todo lo más. ¿Tu crees .. — es difícil de decir — ; tu 
crees que se conformará á la vida... amorosa que yo 
puedo darle? 

FRANCISCO 

No te comprendo bien. 

JUAN ANTONIO 

¿Es una mujer coqueta? 

FRANCISCO 

Yo creo que no. 



¿Soñadora? 



Acaso, acaso. 



JUAN ANTONIO 



FRANCISCO 



JUAN ANTONIO 



He pensado mucho en esto, no creas... He estu- 
diado á Isolina como médico, como psicólogo, y he 
hecho mi composición de lugar. 



EL AMOK TARDÍO 27 

FRANCISCO 

A ver. 

JUAN ANTONIO 

Tiene un temperamento sanguíneo, sano, fuerte; 
no se observa nada morboso en ella; apenas ha 
leído; es creyente; es púdica sin gazmoñería; está 
constituida para la fidelidad; el ambiente en que 
vive no es propicio al pecado... 

FRANCISCO 

Entonces... á casarse tocan. ¿Qué voy á decirte 
yo, aventurero desventurado, especie de judío 
errante de la familia, que enmiende la hermosa pla- 
na que acabas de escribir? Tú eres el sabio y el dis- 
creto; tú viviste célibe en Madrid treinta y dos años 
haciendo con la medicina más prodigios que Escu- 
lapio, y ganando dinero, lo que se dice dinero, 
mientras yo en Cuba ó en Filipinas apañaba 
unos pobres pesos que luego me jugaba en el 
vapor al volver á España. Ello es que cuando 
llegaste aquí y te cortaste la coleta — perdóname 
la expresión, ¡ese casino! - tuve la alegría más 
grande de mi vida. . 



JUAN ANTONIO 

Lo sé, hombre, lo sé... 



28 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

FRANCISCO 

Tus proyectos de vida horaciana encontraron en 
mí un convencido. Construímos esta casa, cultiva- 
mos esos campos, fundamos esa granja, que es el 
orgullo de la región, y de aquellas uvas que daban 
un vino agrio é inconsistente, hemos hecho ese néc- 
tar... Tú, además, leías, hacías experimentos y re- 
dactabas comunicaciones á la Academia de Medici- 
na que levantaban en Madrid tempestades que nun- 
ca llegaban á turbar auestra vida tranquila... Yo, 
regenerado, sólo jugaba mi partidita de tresillo en 
el Casino, ganando siempre... Todo iba viento en 
popa; y tú y yo, los solterones como nos llaman en 
el pueblo, nos decíamos á veces: "¡Eh! tú, que so- 
mos felices... ¡que nos ha caído del cielo una terce- 
ra juventud l" 

Enjugándose una lágrima repentina. 

Y ahora llega el amor... ¡Tarde y con daño!... 



JUAN ANTONIO 

Conmovido. 

j Francisco!... 

FRANCISCO 

Abrazándolo. 

Trata de resistir, hermano. . Huye... Pero pase lo 
que pase yo seré el mismo y estaré siempre á tu 



EL AMOR TAEDIO 29 

lado para quererte, para defenderte... Calla... Air 
guien viene. 

Va á la puerta y desde ella, ya re- 
puesto de la emoción, dice: 

Prepárate: es Socorro y sus hijos... jy Camilo!... 
Dios nos coja confesados. 

Entran en actitud hostil, que no lo- 
gran disimular, Socorro., Camilo y 
sus dos hijos. 



CAMILO 

Buenas tardes. 



JUAN ANTONIO 

Muy buenas, Camilo... Hola. 

SOCORRO 

Venimos un momento nada más... 

FRANCISCO 

Sentaos... ¿Cómo os habéis atrevido con este ca- 
lor?... 

SOCORRO 

Tú qué quieres; Pedro se vuelve mañana á Ma- 



30 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

drid. Ya sabéis que prepara algunas asignaturas 
para Septiembre. 

CAMILO 

Y ahora lleva uno de los huesos de la carrera: el 
Derecho Canónico. 

PEDRO 

Estoy seguro de que aprobaré. 



CAMILITA 

Es que Pedro tiene una memoria prodigiosa... Yo 
le he tomado todo el programa; y entre los dos lo 
hemos iluminado. 

PEDRO 

Parece un hormiguero. Si me lo coge el catedrá- 
tico, me cuelga. 

SOCORRO 

¡Niños!... 

CAMILO 

¿Por qué no os vais á la huerta?... 



EL AMOR TARDÍO 3 1 

PEDRO 

¿Está allí Isolina?... Sí, vamos. 

CAMILITA 

Yo prefiero quedarme aquí, con el tío. 

JUAN ANTONIO 






Quédate, tonta... ¿Quién te lo impide?... Ven acá, 
que no te he dado un beso, mujer. 



Camilita, muy coquetuele, acerca 
su frente á los labios del tío, y des- 
pués de consultar á su madre con la 
mirada, pregunta de pronto: 



CAMILITA 



¿Es verdad, tío Juan Antonio, que vas á casarte 
con Isolina? 



PEDRO 

Ruboroso, brusco. 

¡Qué ha de ser verdad!... ¿Verdad que no, tío 
Juan Antonio? 



32 INSUA Y HERNANDBZ CATA 

SOCORRO 

¡Qué niños más indiscretos, señor! 

FRANCISCO 

O más bien preparaditos... 

CAMILO 

Diplomático. 

Vamos... Idos al jardín... En seguida. 



Pedro sale de prisa, y Camilita lo 
sigue á regañadientes. Hay una pe- 
queña pausa embarazosa. Socorro 
va á hablar, pero Camilo la detiene 
con un gesto prudente; y Juan Anto- 
nio dice al fin: 



JUAN ANTONIO 

La verdad sale de la boca de los niños... Ya lo 
sabéis. 

SOCORRO 

Estallando. 

Pero no es posible. . Es una locura. 



EL AMOR TARDÍO 33 



CAMILO 

Calma, mujer. 

SOCORRO 

A tu edad, Juan Antonio, te repito que es una lo- 
cura... Y con una muchacha que no es trigo limpio. 



JUAN ANTONIO 

Alto ahí. Dices que no es trigo limpio porque no 
tiene padre ante la ley... No. La limpieza de las 
personas está más bien en su conducta que en su 
origen, en lo que depende de ellas y no en la fata- 
lidad que las trajo al mundo. ¿Es ó no es Isolina 
una muchacha honrada? 



SOCORRO 

Así parece. 

JUAN ANTONIO 

Es público y notorio. Ni un noviazgo inocente se 
le ha conocido. 

SOCORRO 

No era posible. Te la reservaban... Pero veremos 
lo que da de sí la niña. 

3 



34 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 



CAMILO 

Perdona, mujer... No es eso lo que tienes que de- 
cir... No venimos á regañar. 



FRANCISCO 

Sino á pactar, á transigir... Camilo, buen aboga- 
do, prefiere siempre una transacción... 



SOCORRO 

Calla tú, taravilla... Siempre has de salir por pe- 
teneras. 

CAMILO 

Con risita hipócrita: 

¡Este Francisco!... Escucha, Juan Antonio: Sería 
necio que yo te ocultara que Socorro y yo esperá- 
bamos que, á falta de hijos tuyos, fueran los nues- 
tros, los de tus hermanos, tus continuadores... 



FRANCISCO 

No está mal el eufemismo. 



EL AMOE TARDÍO 35 

CAMILO 

Había en nosotros un interés muy lógico y per- 
fectamente moral. Somos padres y queremos la 
fortuna para nuestros hijos, por, cualquier camino, 
legal se entiende, por donde pueda venir... 

FRANCISCO 

Bien, bien... 

CAMILO 

Tú te casas, bueno... Todavía puedes tener hijos. 
Aunque no los tengas te casarás, como si lo viera, 
bajo el régimen de gananciales y además de su le- 
gítima viudal, le dejarás á tu mujer el tercio libre... 
De cualquier modo tu boda es un perjuicio inmen- 
so para nuestros hijos... Pero tú tienes derecho, y 
puedes, claro está, ejercerlo en el sentido que te 
parezca... Pongamos que yo no soy padre de pre- 
suntos herederos tuyos; pongamos que tú no tu- 
vieras un real, y yo vengo y te digo: Juan Antonio, 
no te cases; Juan Antonio, de los matrimonios des- 
iguales, con abismos de edad entre los cónyuges, 
no sale nada bueno. 



FRANCISCO 

Ni Cicerón... No, en serio, Camilo, yo opino exac- 



36 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

tamente lo mismo y acabo de decírselo á Juan An- 
tonio. 

CAMILO 

Ya ves que todos los que te queremos estamos 
de acuerdo... Nos da miedo, no sólo el ridículo, sino 
el riesgo que corres con ese matrimonio... 

SOCORRO 

Y suponiendo que yo piense en tu fortuna, que 
no lo hago, ¿no soy después de todo tu hermana? 
A ver si lo ves claro: ¿Qué otra cosa sino el interés 
el más desenfrenado interés, hace que Remedios te 
entregue á su hija?... ¿No te da vergüenza?... Tú no 
te casas con una mujer, sino que la compras... 



JÜAM ANTONIO 

Socorro... Me destrozas... me matas. 

FRANCISCO 

Reconviniéndola: 

¡Socorro! 

SOCORRO 

Lo siento... Créeme que lo siento. Te he dicho 



ÉL AMOR TARDÍO 37 

la verdad como era mi deber, y me callo. Allá tú... 
Pero no olvides que vinimos á tiempo en tu ayuda. 



JUAN ANTONIO 

Está bien. 

FRANCISCO 

Vamos, Juan Antonio; no hay que afectarse... So- 
corro te ha hablado un poco bruscamente, ya cono- 
ces su genio; pero... 

CAMILO 

Con la mejor intención; sin ánimo de herirte... 

SOCORRO 

Es claro, es claro. 

JUAN ANTONIO 

Tenéis razón... Cuanto acabáis de decirme me lo 
digo yo hace mucho tiempo... No creáis que me he 
vuelto. loco... Además, os prevengo una cosa. 



SOCORRO 

¿Qué?... 



38 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

JUAN ANTONIO 

Que yo había pensado en vosotros... Que — no 
sabéis cómo me duele hablar de estas cosas — , que 
yo no pensaba, que yo no quería perjudicaros con 
mi matrimonio. ¿Comprendéis? 

FRANCISCO 

Sí, sí. 

SOCORRO 

A medias. 

JUAN ANTONIO 

Más claro: Que no queriendo que este matrimo- 
nio suscitara rencillas y disturbios familiares, había 
redactado un testamento en el cual no me olvidaba 
de ninguno. 

SOCORRO 

No es eso, no es eso. 

CAMILO 

Déjalo acabar. 

JUAN ANTONIO 

Sí, es eso, Socorro... Y eso no es incompatible 



EL AMOR TARDÍO 39 



con el cariño . Por lo mismo que soy un poco es- 
céptico puedo tener esta idea tan benévola del co- 
razón humano. Concretando: Yo no quería que vos- 
otros, mis continuadores... 



FRANCISCO 

Ya, ya... 

JUAN ANTONIO 

...Tú mismo, Francisco. 

FRANCISCO 

¿Yo?... ¿A mí con esas cosas? ¿Yo interesado? 

JUAN ANTONIO 

Tú,sí;y Socorro,y los hijos de Socorro y Camilo. 

CAMILO 

¡Ah!... 

JUAN ANTONIO 

Yo no quería que vosotros considerarais á Isoli- 
na como una usurpadora . De ese modo seguiría 
reinando la paz en la familia... 



40 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

FRANCISCO 

Eso, y perdona, mi querido Juan Antonio, es 
ofendernos... Ofenderme por lo menos. 



SOCORRO 

No, ofendernos. 



Ofendernos, sí... 



CAMILO 



FRANCISCO 



Eso es ofendernos, repito... ¿Crees que una pro- 
mesa de legado nos cierra la boca?... 



CAMILO 

Si fuera por interés tampoco un legado nos apla- 
caría, puesto que una gran parte de tu fortuna pa- 
sará á tu esposa... 

SOCORRO 

Está claro. 

FRANCISCO 

Yo no entro en esos distingos. Lo que digo, lo 



El amor tardío 41 

que proclamo, querido Juan Antonio, es esta sola 
cosa concreta: que la joven que se casa con un vie- 
jo no se casa por amor, sino por interés. Esto será 
todo lo cruel que tú quieras, pero es transparente... 
Y perdóname, me voy-á respirar al jardín. El co- 
razón me da unos saltos... 

Va á salir. 



JUAN ANTONIO 

No; quédate... Quiero deciros una cosa. 

FRANCISCO 

Está bien Tu sabes lo que te dije antes 

JUAN ANTONIO 

Hay una cosa que todos aprobaríais ó que todos 
fingiríais no ver. La misma que yo, porque todo 
mi ser y mis principios me lo impiden, soy incapaz 
de realizar. Yo podría hacer de Isclina ó de otra 
muchacha honrada y pobre como Isolina, mi... en- 
tretenida . 

SOCORRO 

¿Quién ha dicho?... 



42 TNSUA Y HERNÁNDEZ CATA 

JUAN ANTONIO 

Sí, es la ley; es la costumbre al menos . Que un 
viejo tenga más ó menos líos, que vaya, como una 
mariposa caduca de flor en flor, eso no os importa, 
os hace gracia. El viejo rico puede comprar amores ' 
y vulnerar ciertos artículos del Código sin que se 
le pida más que discreción... El viejo rico puede 
arrastrar su lascivia por todas partes, sin que 
la sociedad se estremezca. Pero lo que no puede 
hacer es casarse: entonces es ridículo. No se con- 
cibe que el corazón se haya conservado joven en el 
pecho de un viejo; no se concibe que á los cincuen- 
ta y cinco, á los sesenta, á los setenta años si que- 
réis, se pueda amar... Y yo os digo que sí; yo os 
digo que nunca amé hasta ahora. Mi vida fué un 
continuo trabajar, un estudiar incesante; no tuve 
tiempo ni ocasión de enamorarme. Y al llegar aquí 
enriquecido, sentí un vacío inmenso: me faltaba la 
embriaguez, el vértigo del trabajo, y esos senti 
mientos que no habían podido arraigar en mí, en- 
contraron el momento propicio... y se prendieron 
aquí, de un modo hondo, cruel... Tarde pagaba yo 
mi tributo al amor, pero lo pagaba... Y el corazón, 
¡con qué ansia alimentaba los sentimientos eternos! 
Tú puedes ser feliz, me decía... 



CAMILO 

No puede ni debe escucharse siempre el corazón. 



EL AMOR TARDÍO 43 



JUAN ANTONIO 

El corazón domina siempre, Camilo, y ¡ay de 
aquéllos en quienes sólo la cabeza, como una reina 
fría y seca, lo dirige todo! Yo obedecí á mi corazón 
y amé y quise como deben de querer los jóvenes. 
¡Pobre de mí! ¿verdad? ¡Pobre doctor Fausto de 
guardarropía! Si me hubieran dicho cuando era mé- 
dico famoso, inventor alabado y condecorado á cada 
paso, que la voluptuosidad más grande de mi vida 
me esperaba aquí, en mi pueblo, y que iba á pro- 
porcionármela una chiquilla insignificante que ha- 
blaba casi en dialecto y olía á hierbas del campo, 
me habría reído. 

Exaltándose. 

Y ha sido así... Si he sido feliz alguna vez, lo he 
sido ahora, en todo este tiempo de pasión escondi- 
da, de escrúpulos dolorosos, de emociones pueriles 
y sublimes, de vehemencias y fogosidades de mu- 
chacho... Reíos de mí. Esta casa la construí pen- 
sando en ella, y esos campos los cultivé y los hice 
un paraíso porque eran los campos que veían sus 
ojos... Pasión senil... Sí, verdad... Os obedezco... 
Os doy la razón. Francisco: tu me acompañarás á 
Madrid; el doctor Paz puede reanudar cuando quie- 
ra sus consultas; tú, Camilo, pondrás en venta la 
casa, los campos, todo, todo... Y en cuanto á Re- 
medios y á ella... 

Desfallecido por .el esfuerzo, cae en 
el sillón sollozando: 

¡No puedo más!... ¡No puedo más, Dios mío! 



44 INSUA Y HERNÁNDEZ CATA 



FRANCISCO 



Acercándose á él, muy conmo- 
vido. 



Vamos, Juan Antonio... ¡Qué caramba! Yo no 
creía que fuera tan hondo... No he dicho nada... 

Remedios ha aparecido en la puer- 
ta de la izquierda. Hay un momento 
de silencio difícil después que Fran- 
cisco dice las anteriores palabras. Al 
fin, á media voz, Socorro dice, diri- 
giéndose á Remedios y mostrándole la 
figura abatida del doctor Paz: 



Es tu obra. 



SOCORRO 



REMEDIOS 



La vuestra si te parece. Yo ningún mal le he 
hecho al primo. Que él lo diga. ¿Verdad, Juan An- 
tonio? 

El Doctor aprueba con gestos des- 
mayados. 



FRANCISCO 

Callaos las dos, no es hora de dirimir pleitos. 



EL AMOR TARDÍO 45 



SOCORRO 

Es que no siempre hay ocasión de hacer com- 
prender á Remedios lo mal que ha hecho insta- 
lándose aquí con su hija, explotando la debilidad y 
la despreocupación de mi hermano... 

Ante el gesto de Remedios: 

Sí, es mi hermano... Lo defiendo. 



FRANCISCO 

¡También es mi hermano, y digo que calléis! 



CAMILO 

Calla, mujer. 

REMEDIOS 

Ahora no lo defiendes, sino que lo matas. Puedes 
insultarme, me es lo mismo... Te conozco de viejo 
y no te hago caso. Yo he sido para Juan Antonio 
más hermana que tú. 



SOCORRO 

Y ahora querías ser su suegra. 






46 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

REMEDIOS 

Es él quien quiere ser mi hijo. 

SOCORRO 

¿Y no te da risa? 

REMEDIOS 

No; á ti es á quien te da rabia. 

JUAN ANTONIO 

Débilmente. 

Basta, por Dios. 

FRANCISCO 

¡Que calléis, ea! 

CAMILO 

Vamos, Socorro; yo te ruego... 

SOCORRO 

Ya me callo: dos palabras no más, para concluir. 



EL AMOR TARDÍO 47 

A Rembdios: 

Tú has traído á vender aquí á tu hija; la has cui- 
dado con mimo, como vaca destinada á ia feria. 

REMEDIOS 

Ya te pesarán esas palabras, que te las sopla la 
envidia... Yo no he hecho nada por esa boda que 
te escuece tanto; pero, como buena madre, me ale- 
gro del bien de mi hija. 

Refiriéndose á Socorro y á Camilo . 

Ustedes no dudarían en dar á Juan Antonio la 
mano de Camilita. 

CAMILO 

Basta ya, señora... Usted se propasa y dice cosas 
gratuitas, que no se pueden tolerar. Además, todas 
estas palabras sobran: voy á echar á usted un jarro 
de agua fría. 



Eso es. 



SOCORRO 



CAMILO 



Juan Antonio acaba de tomar una resolución que 
le honra, y desiste de su boda con Isolina... 



Irónico: 






48 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

Nosotros lo sentimos mucho... 



REMEDIOS 



Balbuciente, conteniendo la emo- 
ción. 



¿Es verdad, Juan Antonio? 



Juan Antonio hace un signo afirma- 
tivo muy débil. 



REMEDIOS 

¿Sí?... ¿Dices que sí? 



Ya lo ves. 



SOCORRO 



Remedios no encuentra un a respues- 
ta. Las palabras le faltan durante un 
momento, y tiene necesidad de todo 
su carácter para no caer vencida ó no 
estallar en una exaltación. Al cabo, 
con un gesto que parecería j esignado 
si no dejase adivinar que cubre una 
táctica de lucha, dice: 



REMEDIOS 



Esta bien... Está bien. ¿Ven ustedes? Me confor- 
mo... El primo Juan Antonio debe hacer siempre su 
voluntad... 



EL AMOR TARDÍO 49 



CAMILO 

Así quería yo verla... Eso es ser razonable. 

FRANCISCO 

¡Hum!... Demasiado razonable, Camilo... Esto 
marcha demasiado bien. 



Entran por la puerta de la izquierda 
Camilita y Pedro. 



PEDRO 



Pues es verdad: Isolina dice que se casa con el 
tío Juan Antonio. 

CAMILO 

Calla, muchacho... ¿Al ti que te importa? 

PEDRO 

Bruscamente, turbado. 

¿A mí?... ¿Qué quieres que me importe? 

Remedios ha salido silenciosamente. 

4 



50 ÍNSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 



SOCORRO 

No hijos míos. Vuestro tío no se casa, no pensó 
nunca en casarse... ¡Tontos que lo creisteisl 



i Ahí... 



PEDRO 



A un gesto de Socorro los sobrinos 
se precipitan sobre el tío, que recibe 
pasivamente sus caricias. 



CAMILITA 



Tío, tiíño bueno... Me daba mucha pena que te ca- 
saras .. Si te casabas no me querrías; querrías sólo 
á Isolina... Además es una artesana, y tú ¡el tío Juan 
Antonio, que ha sido médico del Rey, casarse con 
una artesana! 



CAMILO 



¡Qué tonterías dices! 



PEDRO 



¡Orgullosa!... Si no se casa, ¿verdad tío Juan An- 
tonio? Si no podía ser... 



EL AMOR TARDÍO 5 1 



FRANCISCO 

Dejadlo en paz. 

JUAN ANTONIO 

Irguiéndose . 

Gracias, hijos..- 

A Francisco: 

Esto es hecho... Me voy; me ahogo aquí . 

FRANCISCO 

¿Qué?... ¿Quieres irte ahora mismo? Te com- 
prendo. 

JUAN ANTONIO 

Sí, en seguida... ¡Quisiera haberme ido ya!... 

Golpeando un timbre que hay sobre 
la mesa: 

¡A ver, esos criadosl... ¿No me oyen? 

Juan, el criado del doctor, aparece 
en una de las puertas . 

¡Tú, Juan, que nos vamos, que nos volvemos á 
Madrid 1 



5 2 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

JUAN 

¿Hay que preparar todo, ó es para unos días? 

JUAN ANTONIO 

Sí, todo... todo. ¡Es para siempre, para siempre!... 

SOCORRO 

No era necesaria esa prisa. 

Juan fha salido, después de incli- 
narse respetuosamente. 

JUAN ANTONIO 

A Francisco: 

Tú no me abandonarás, ¿eh? 

FRANCISCO 

Juan Antonio!... Yo iré adonde tú vayas; tú sa- 
sabes que siempre será así. 

JUAN ANTONIO 

Sí... Ya me había acostumbrado á vivir en fami- 



EL AMOR TARDÍO 53 

lia. Teniéndote cerca creeré, á veces, que no he 
salido del pueblo... ¡He encontrado en ti tantas 
cosas sanas! 

FRANCISCO 

Cosas tuyas, tu... 

JUAN ANTONIO, 

Acaso el vivir perezosamente como tú has hecho, 
mantenga la pureza del alma . Tú me sabes á ver- 
dad, Francisco... Por eso quiero tenerte siempre á 
mi lado. 

SOCORRO 

Por lo visto yo... 



JUAN ANTONIO 

Tú tienes tus hijos... No eres más que madre de 
tus hijos... 

SOCORRO 

Pero las lobas son también madres . . . 

JUAN ANTONIO 

Tú lo dices... 



54 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

SOCORRO 

A Francisco y Camilo: 

Se ha vuelto loco. 

PEDRO 

¡Tío! 

JUAN ANTONIO 

Basta... Ya veis que ha pasado la crisis. Y desde 
este momento dejo de divagar: Camilo, ve á casa del 
notario y haz ese poder como tú quieras: todo lo 
que me ataba á Villanoa queda en tus manos. Pe- 
dro, si quieres, podrás vivir en mi casa de Madrid. 
Yo en tu caso preferiría no hacerlo: el espectáculo 
de la vejez es lamentable. 

CAMILITA 

Tío, no, no te vayas de aquí... 

CAMILO 

No te vayas... hoy. 

JUAN ANTONIO 



Acariciando melancólicamente 
pelo de Camilita: 






EL AMOR TARDÍO 55 

Es necesario, Camilita. Nadie podría vivir donde 
ha perdido una batalla . 



PEDRO 

Deja al tío... Todos deben dejarlo... Ya ha dicho 
que no se casa. Haciéndole hablar lo hacen sufrir... 



JUAN 

Desde la puerta, como si le parecie- 
ra ioiposib'e la orden que ha recibido: 

¿Dice el señor que todos los libros y el instru- 
mental? Habrá que estropear muchas cosas y des- 
hacer la biblioteca... Algunas cosas se habían pues- 
to para no quitarse nunca 



JUAN ANTONIO 

Ya ves- 
De súbito excitado. 

Hay que irse, Juan... ¡Hay que irse! Desclava, 
rompe, arranca las cosas de raíz... Y pronto... ¡En 
un cuarto de hora se pueden arrancar las cosas más 
grandes! 

FRANCISCO 

¡Juan Antonio!... 



56 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

CAMILO 

Eso no es ser razonable. 

JUAN ANTONIO 

¿Qué queréis? Grito; estoy en mi casa todavía... 
En media hora de conversación la verdad y el 
egoísmo han hablado por vuestra boca y han sido 
como dos perros de presa azuzados contra mi cora- 
zón... ¡Me habéis negado el derecho á amar! Entre 
mí y mi pobre amor habéis puesto, como fantasmas, 
los escrúpulos, los prejuicios, la burla y... la ver- 
dad, la injusta verdad... ¡Como si en la gran triste- 
za y en el gran desorden de la vida, la mentira no 
fuera casi siempre la aliada de la caridad y del 
bien! 

SOCORRO 

No se puede contigo; vas á empezar de nuevo... 

JUAN ANTOINO 

Sin oiría , siguiendo su propio pen- 
samiento: 

Caridad necesitaba yo de nosotros, y no verdad 
cruel; bálsamo, no revulsivo... Pues qué, ¿sería yo 
el primer hombre discreto que á mi edad concibie- 
se una pasión de juventud? 



EL AMOR TARDÍO 57 

FRANCISCO 

No, claro que no. 

JUAN ANTONIO 

... Y que era pasión y no vicio, y no lascivia, lo 
prueba esta espera de dos años... Esperar, cuando 
acaso sólo días me separaban de la tumba... ¿No vis- 
teis que era la necesidad de amar, y no la ridicula 
pretensión de ser amado? Yo me conformaba con el 
medio amor. Yo quería querer... ¿Cómo expli- 
caros?. . . 

SOCORRO 

Si te entendemos... 



JUAN ANTONIO 

Tú nó puedes entenderme .. Hay veces que se 
habla para sí mismo... Sí, yo quería gozar de ese 
bien infinito que hay en consagrar á otro ser 
nuestros pensamientos y nuestra ternura. [Amar, 
amar!... 

SOCORRO 

A Camilo: 

Se ha vuelto loco... 



58 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

CAMILO 

Calla, no lo excites. 

FRANCISCO 

Hermano mío, Juan Antonio... Quédate. Si es así, 
quédate; no hagas caso de nadie y quédate... Yo es- 
taré siempre al lado tuyo. . . 



CAMILO 

¿Cómo?... 

juanJantonio 

Ya no... Sí; os repito que tenéis razón, que re- 
nuncio... 

CAMILO 

¡Ahí... 

JUAN ANTONIO 

Saldremos de aquí antes de una hora... Ha de ser 
pronto... 

Toca en el «tan-tan» y dice á Juan, 
que aparece en seguida: 

A Matías, que prepare el auto; tú dispon el equi- 
paje de mano para ahora mismo. 



EL AMOR TARDÍO 59 

JUAN 

Eso ya está, señor. 

JUAN ANTONIO 

Pues tráelo... Tú, Francisco, podrás reunirte 
conmigo en Helenis dentro de un, par de horas; en 
el automóvil pequeño puedes llevar tres ó cuatro 
baúles. Para las demás cosas ya Camilo se encar- 
gará de mandárnoslas á Madrid. ¿No es eso? Voy á 
escribir unas instrucciones para Remedios. 

Se acerca al «burean» y empieza a 
escribir. Hondo silencio espectativo 
en toda la familia. Camilo impone 
silencio á su hija, que cuchichea con 
Pedro, y Francisco se pone al lado de 
su hermano, como un perro fiel. Al 
cerrar la carta, Juan Antonio mur- 
mura: 

Sí, más vale... Era ridículo... Una locura. 



SOCORRO 

Gozosa, á Camilo: 

Eh? 

CAMILO 

Siempre previsor: 



ÓO INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

Cállate... espera. 



Entra Juan con un guardapolvo, un 
maletín y una gorra de viaje. Se oye 
el ruido del automóvil que ya espera 
abajo. 



JUAN ANTONIO 

Poniéndose el guardapolvo: 



Tenía qué ser así para poder ser... Ya sabes, Ca- 
milo; ya sabes, Francisco... 

Remedios aparece en la puerta, em- 
pujando suavemente á Isolina. 



REMEDIOS 



Anda, hija; despídete del tío, que se nos va. 



Entre la expectación hostil de la fa- 
milia de Camilo, Isolina avanza, llo- 
rosa, pero decidida, hacia Juan Anto- 
nio. 



ISOLINA 

¿Que se va usted?... No me diga eso; no es posi- 
ble... ¿Qué va á ser de nosotras?... ¿Qué va á ser 
de mí?... 



EL AMOR TARDÍO 



6i 



SOCORRO 

No irán á morirse... Vivirán como antes. 



JUAN ANTONIO 

Como antes, no. 

ISOLINA 

Como un eco. 

Como antes no... Ya no sabríamos vivir sin el 
tío... Tio, tiíño, llévenos con usted... ¡No me deje 
en este pueblo donde todos me odian!... Lléveme 
con usted á Madrid... A mí y á mi madre... Yo me 
moriré de pena si usted me deja; me creeré aban- 
donada... 

Acercándose aún más á él, mimosa, 
humilde, coqueta, ingenua, mujer. 

Diga que me llevará; dígame que cuando me dijo 
antes lo que me dijo no quiso burlarse de mí,.. Diga 
que sí... Yo lo cuidaré; yo no sueño más que con 
cuidarle, con obedecerlo... 



JUAN ANTONIO 

Tomándole una mano. 

Cuidarme... obedecerme... Eso que tú me conce- 
des es lo que yo quería de ti... 






02 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

Tomándola la otra mano igual que 
al principio del acto, y mirándola 
profundamente á los ojos: 

Yo sé que dices la verdad... Cuidarme, obedecer- 
me... ¿Qué otra cosa podéis hacer las mujeres jó- 
venes cuando os casáis con los viejos?... Yo no 
puedo, yo no debo ser tu marido, Isolina, hija mía y, 
por eso me voy... No me voy, huyo, ya lo ves, como 
un cobarde... Tu presencia me ofusca; me hace ol- 
vidar estas arrugas, y estas canas que en tu tío Juan 
Antonio te parecen nobles, pero que en un marido 
te parecerían... 

ISOLINA 

Sin dejarlo concluir: 

No, no... Yo veo en usted á un santo, á un rey... 
Yo no... Para mí no hay otro mejor en el mundo... 
Le debo mi felicidad; estas ropas que llevo, estos 
colores de salud que tengo, el poco de paz que ha 
podido tener mi madre al fin... 



CAMILO 

Vamos, vamos... Hay que obedecer... El mismo 
Juan Antonio manda... 



ISOLINA 

Haré lo que el tío quiera... 



EL AMOR TARDÍO 63 

Con desesperada amargura: 

¡Pero que no me mande sino morirme si se va, si 
nos abandona... si huye de mí!... 

Cae sollozando en el hombro de Juan 
Antonio. Remedios, muda, permane- 
ce en la puerta y sigue como una 
esfinge la escena, que ha ido arran- 
cando exclamaciones de burlona ira á 
Socorro y á Camilita. Francisco 
esta emocionado. Pedro, con súbita 
violencia, sale de escena cuando Iso- 
lina se abraza llorando á Juan Anto- 
nio. 



SOCORRO 

Es demasiado... Me parece que basta de come- 
dia... 

CAMILO 

Vamos, Juan Antonio... Convéncelo tú, Fran- 
cisco... 

JUAN ANTONIO 

Desprendiéndose con rudeza llena 
de ternura de los brazos de Isolina; 
en voz muy alta, como loco: 

|Qué Francisco ni qué nadie!. . ¡No me voy, no 
me voy!... ¡La quiero, la idolatro!... Antes el ri- 
dículo y la muerte que renunciar á ella... Y como 



64 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

estoy en mi casa, y como soy aquí el rey y hago 
lo que quiero, y lo que quiero es quererla, que 
sea mía... ¡Fuera de aquí el que no quiera oír- 
me! Ven, Isolina, amor de mi alma, esposa... ¡Fue- 
ra de aquí el que no esté dispuesto á respetarla!... 
Ven, Isolina, obedéceme delante de todos... ¿Veis? 

La besa. 

Será mi mujer. Es ya mi mujer... ¡Y la adoro! 



Ante la violencia de Juan Antonio, 
Socorro, Camilita y Camilo se han 
replegado hacia el fondo. Remedios 
avanza silenciosa, y se une al grupo 
que ya han formado Juan Antonio, 
Isolina y Francisco en primer tér- 
mino. Cuando cae rápidamente el 



TELÓN 



ACTO SEGUNDO 



En Madrid. Sala de confianza que separa el resto de 
la casa del laboratorio de Juan Antonio. Al fondo 
un ventanal y una puerta por donde se va á la calle; á 
la izquierda, y en segundo término, puerta que comuni- 
ca con el laboratorio; á la derecha dos puertas más que 
llevan á las habitaciones interiores. 

Es media tarde. Camilo, aún con el sombrero en la 
mano y vestido con un abrigo de viaje, habla con Reme- 
dios. Juan aparece por la primera puerta de la de- 
recha. 

REMEDIOS 
A Juan: 

¿Llevaste las maletas al cuarto? 



JUAN 

Sí, señora. 

CAMILO 

Tú también estás más grueso, Juan... A todos os 
sentó Madrid. 



66 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

JUAN 

Ya ve usted, señorito. 

REMEDIOS 

A Camilo: 

Dale el abrigo y el sombrero para que los lleve. 

A Juan que sale después de tomar 
el abrigo y el sombrero de Camilo: 

Quita los tiestos de la ventana... ¡Esa Isolina, con 
su manía de poner flores en todas partes! 

A Camilo. 

Si no te gusta ese cuarto y prefieres otro más 
abrigado, se te arreglará... Estás en tu casa... Como 
has llegado así.. . de sopetón. 

CAMILO 

Hombre, de sopetón... No será por falta de rue- 
gos, que Juan Antonio bien nos tiene escrito para 
que vengamos; y no sólo á mí, sino á Camilita y á 
Socorro. 

Un corto sllemcio. 



EL AMOR TARDÍO 6j 

REMEDIOS 

Vamos, tú has querido venir á... sorprender. 

>> 

CAMILO 

¡Siempre la misma! 

REMEDIOS 

Pues lo que es vosotros... Tu mujer sobre todo... 

CAMILO 

Ea, si vamos á andar con recelos, como enemi- 
gos, soy capaz de coger los bártulos y largarme... 
Después de seis años, ya podías estar bien tran. 
quila. 

REMEDIOS 

Nadie ha dicho que no lo esté. 

CAMILO 

Yo no tengo la culpa de que por esa indisposi- 
ción de Juan Antonio esté el correo de tres días sin 
abrir. No tienes más que buscar entre las cartas y 



68 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

verás cómo está la mía avisándole. Respecto al 
muchacho, sí, no te lo niego: he querido darle una 
sorpresa . 

REMEDIOS 

Bien, más vale así... Yo no me refería al hecho 
de llegar hoy, sino al viaje en general... Recuerda 
que sin las intransigencias de Socorro todavía esta- 
ríamos todos en el pueblo . 



CAMILO 

Te ruego que no hablemos más en ese tono, Re- 
medios. ¡Además, mi mujer es mi mujer y yo soy 
yo. Si hubiéramos querido saber, sonsacar, como tú 
crees, le hubiéramos preguntado al chico, y él pue- 
de decirte... Lo pasado, pasado y bien pasado; te 
aseguro que no hay espionaje ni cosa que lo valga. 



REMEDIOS 

Me alegro de oirte . 

CAMILO 

No faltaba más. 



EL AMOR TARDÍO 69 

REMEDIOS 

Socorro sabe que á las buenas yo sé correspon- 
der. Ninguna queja tendréis de mí. Si Isolina y yo 
fuéramos rencorosas, después de todo lo ocurrido 
hubiéramos roto las relaciones, y vuestro hijo, cuan- 
do le dio la ventolera de dejar la abogacía y poner- 
se á estudiar medicina, no hubiera encontrado en 
esta casa y en Juan Antonio... 



CAMILO 

De sobra lo sabemos, mujer... Mira, casi celebro 
haber llegado de sopetón, como tú dices, mientras 
los muchachos y Francisco sacan á pasear al ilus- 
tre enfermo... Así nos hemos explicado, y mi estan- 
cia entre vosotros será lo que debe ser. 



REMEDIOS 

Amén. Yo no deseo otra cosa... Figúrate si en el 
fondo me alegro de que tu hijo vaya á resultar 
también un sabio como todos dicen y Juan Antonio 
mismo asegura . 

CAMILO 

Recuerda que yo fui un enemigo,—- si enemigo 
puede decirse—, leal. Al tratarse de la boda dije mi 
opinión sin ambages; como no soy hipócrita expuse 






JO INSÚA Y HEKNÁNDEZ CATA 

mis razonamientos; pero como el razonamiento no 
es siempre la razón, aquí me tienes contentísimo de 
haberme equivocado y de ver á Juan Antonio y á 
Isolina felices. 

REMEDIOS 

Y que lo digas; porque lo son. 

CAMILO 

Vaya, dame la mano de amigos, de amigos ver- 
daderos. 

Tomando la mano que Remedios 
alarga sin franqueza: 

Así. 

Llega Jua» por una de las puerta s 
de la derecha. 



JUAN 

Ya están aquí los señoritos... El coche acaba de 
salir del jardín. 

Se oye ruido. Remedios, acercán- 
dose a la puerta del fondo, habla con 
los que suben. 



REMEDIOS 

Aquí tenéis una visita; una sorpresa. 



EL AMOR TARDÍO J 1 

ISOLINA 

Desde dentro: 



¿Quién... quién? 



JUAN ANTONIO 

Aún sin entrar. 



¿El doctor Reyes? 



CAMILO - 

No les digas; á ver si aciertan... ¿Viene el mu- 
chacho? Voy á esconderme, verás... 

A los que llegan: 

No me habéis dado tiempo . 

Juan Antonio, ligeramente sosteni- 
do por Isolina y Francisco, entra. 
Los seis años transcurridos han cur- 
vado un poco su espalda y hecho ma- 
durar la belleza de Isolina. La ciu- 
dad, el cultivo espiritual y los viajes, 
han trocado la aldeana en dama. 



FRANCISCO 

¡Caramba, qué sorpresal 



72 ÍNSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

JUAN ANTONIO 

jAl fin te decidiste! 

ISOLINA 

¡Tío Camilo! 

CAMILO 

Aquí me tenéis... Remedios me ha hecho los ho- 
nores de este palacio... 

A Juan Antonio: 

¿Nada de cuidado, supongo? 



ISOLINA 

¡Oh, nol... 

CAMILO 

Tu aire es magnífico. ¿Qué ha sido eso? 



JUAN ANTONIO 

Psch... El picaro corazón que, sin duda de ser 
demasiado feliz, vuelve á hacer de las suyas... Un 
ataque de nada . 



EL AMOR TARDÍO 73 

FRANCISCO 

De nada si no te obstinas en trabajar mucho. 

CAMILO 

¿Y el muchacho? Creí que estaba con vosotros; 
Remedios me dijo... 

ISOLINA 

Pedro vendrá en seguida. 

JUAN ANTONIO 

¡Quién iba á adivinar tu agradable visita!... Lo 
dejamos al paso en la biblioteca, donde tenía que 
recogerme unos datos. Estoy muy contento de él, 
¿sabes? Creo que al cambiar de carrera siguió su 
verdadera vocación... Desde el primer año tuvo 
afición á tocar el fondo de las cuestiones, y hoy por 
hoy sabe en muchas cosas tanto como yo, con la 
ventaja de la juventud... Mis trabajos son, en reali 
dad, de los dos, y sin él, sin su ímpetu, que yo ten- 
go á veces que refrenar, muchas de mis investiga- 
ciones no habrían marchado tan de prisa... 

CAMILO 

Y con un maestro como tú... Ya hemos leído los 



74 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

elogios que te dedican los periódicos por esos tra- 
bajos de... histología. ¿No se dice así? 

JUAN ANTONIO 

Perfectamente... Pero la verdad es que las sor- 
presas, por agradables que sean, se burlan del mé- 
todo: aquí nos tienes sin preguntarte por Socorro y 
por Camilita. 

CAMILO 

Todos buenos, todos buenos... 

ISOLINA 

¿Es verdad que Camilita está más alta que yo, 
tío? 

FRANCISCO 

¿Es verdad que el alcalde se ha decidido al fin á 
beber agua? 

CAMILO 

jEste Francisco! Siempre el mismo... 

JUAN ANTONIO 

No creas, ya no es el mismo: desde hace unos 
días tiene un aire de buho que no le va... 



EL AMOR TARDÍO 75 

FRANCISCO 

Cosas tuyas... 

JUAN ANTONIO 

Con decirte que ya ni habla de aquella célebre 
combinación de juego que le servía para perder 
con método... 

CAMILO 

¡Qué Francisco! 

REMEDIOS 

Que no ha dejado de observar rece- 
losamente a Camilo: 

En fin, lo principal es que no haya nada malo 
por allá. 

JUAN ANTONIO 

Pero eso de venir así, sin avisarnos... 



CAMILO 

Yo te escribí; pero ya me ha dicho Remedios que 
tienes sin abrir el correo de tres días. 



76 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

REMEDIOS 

Con turbación: 

Entre el montón de cartas ni siquiera se nos ocu- 
rrió mirar las letras de los sobres; si no... 



ISOLINA 

Pues hemos salido por milagro; mamá que se em- 
peñó á última hora . 



CAMILO 

A Isolina: 

Y tú, mujer, estás hecha una reina... Si te veo en 
la calle soy capaz de no conocerte. Entre los viajes 
y el matrimonio... 



JUAN ANTONIO 
Radiante: 

¿Verdad? Más linda y más buena cada día... Si 
hago algo útil para la Ciencia, á ella se le deberá 
aún más que á mí; yo estaba ya definitivamente re- 
tirado. 

A Isolina, que hace ademanes ne- 
gativos: 



EL AMOR TARDÍO 77 

Sí, sí... Siempre animándome... No te hagas la 
modesta. 

iso LINA 
¡Oh, Juan Antonio! 

REMEDIOS 

Ya ves, Camilo; la luna de miel sigue aquí como 
el primer día... Puedes decirlo en Villanoa. 

JUAN ANTONIO 

Por Isolina: 

Aquí donde la ves, se ha impuesto hasta el abu- 
rrimiento de estudiar para poder ayudarme; y como 
es tan inteligente,' tan aplicada, vaya si me ayuda... 
Verdad es que aquí me ayudan todos: Francisco, 
Remedios, Pedro... te repito que estoy contentísi- 
mo de él; ya habrás notado durante el último vera- 
no, que ha dejado de ser un muchacho... 



CAMILO 

Sí, vaya... Un poco reservadote, ¿no te parece? 
Fuera de los elogios sin fin de vuestras bondades y 
de tu talento, cuesta trabajo arrancarle palabra. 



78 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

FRANCISCO 

Los estudios abstraen . 

JUAN ANTONIO 

Su nombre ya es de los señalados; ya se le envi- 
dia, y eso quiere decir... 

REMEDIOS 

Yo creo que trabaja demasiado; no tiene buena 
cara... Todos dicen que le convendría viajar, des- 
cansar aunque fuera unos meses en el pueblo. 

JUAN ANTONIO 

No, no... sería un atraso. Además, Camilo, soy 
un viejo egoistón, y no soy yo quien protege á tu 
hijo... no te rías... Todos me protegen aquí, hasta 
Juan... Porque sin esta casa, sin esta dicha, me 
sería imposible hacer nada. El doctor Reyes rabia 
cada vez que ve mi laboratorio tan limpio, y que 
ve mis trajes, que antes de irme á Villanoa eran 
famosos por las manchas, flamantes gracias al cui- 
dado de Isolina... Y dice que esta casa es como 
un reloj, donde cada rueda tiene su papel... Isoli- 
na es la gracia, Remedios la economía doméstica, 
Francisco... 



EL AMOR TARDÍO 79 



FRANCISCO 

Yo debo ser el despertador... , 

CAMILO 

¿Siempre levantándote con los gallos? 

FRANCISCO 

Lo mismo. Costumbre de toda la vida. 

ISOLINA 

A las cuatro de la mañana anda como un fantas- 
ma, haciéndose café en el reverbero . 

JUAN ANTONIO 

En fin, todo se hablará... Lo que es ahora no te 
soltamos en un mes . Y si los de Villanoa se que- 
jan, que vengan á buscarte... ¿Has subido ya á tu 
habitación? 

REMEDIOS 



Si acaba de llegar... 



80 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

JUAN ANTONIO 

Pues nada, a darte un chapuzón y á bajar en se- 
guida á ver mi laboratorio, que es el mejor de Ma- 
drid. Aunque no entiendas de esas cosas, tendrás 
que verlo y admirarlo todo. 

FRANCISCO 

¡Prepárate! 

JUAN ANTONIO 

Es la única tiranía que impongo á mis hués- 
pedes. 

CAMILO 

Figúrate con cuánto gusto. 



REMEDIOS 

Isolina, acompáñalo á su cuarto. Lo puse en el 
grande de la galería. 



JUAN ANTONIO 



Voy yo también... 



EL AMOR TARDÍO 



8i 



CAMILO 

No te molestes, hombre; entre nosotros... 



JUAN ANTONIO 



Este va á tomar en serio lo de mi enfermedad... 
Vaya si voy. Remedios dice que si los médicos me 
aconsejan que no trabaje mucho, es por celos. 



CAMILO 

A Remedios: 



¡Ah, lo que es ésta! 



REMEDIOS 



Yo bien me sé... 



ISOLINA 

Á Juan Antonio: 

No, no, que no te conviene subir escaleras. 



FRANCISCO 

No seas imprudente, Juan Antonio. 



82 INSÚA Y HEKNÁNDBZ CATA 

JUAN ANTONIO 

Ya en la puei ta de la derecha. 

Andando, andando... Ni que fuera yo un carca- 
mal 

Salea por la primera puerta de la 
derecha Isolina, Camilo y Juan An- 
tonio. Francisco se dispone á seguir- 
los, pero Remeeios lo detiene. 

REMEDIOS 

Quédate .. Te habrás convencido. 

♦ FRANCISCO 

Ya vuelves... No, no me he convencido de nada. 

REMEDIOS 

Porque te empeñas en cerrar los ojos. 

FRANCISCO 

Y tú en abrirlos demasiado, Remedios. Cada uno 
de nosotros, por causa distinta, estamos interesados 
en la felicidad de Juan Antonio. Tú, con tu continuo 
sospechar, llegaste á darme miedo y me hiciste ver, 
en un instante de debilidad, tus visiones. 



EL AMOR TARDÍO 83 






REMEDIOS 

No son visiones. 

FRANCISCO 



Pero ya te digo que esto concluye hoy. Ya he ha- 
blado con Pedro claramente. 






REMEDIOS 

¿Qué has hecho? De seguro que... 

FRANCISCO 

De seguro que nada. Ha sido un mal paso que 
me has obligado á dar: el último. 

REMEDIOS 

Habrá negado, claro... 

FRANCISCO 

Tú tienes monomanía de persecución; te obstinas 
en sólo mirar en las gentes los rincones malos; yo 
creo en el bien y á él me dirijo... Si hubiera ido con 



84 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

sonsacamientos, con diplomacia, como tú dices, Pe- 
dro habría negado. Le hablé lealmente, y ya ves... 
Me has obligado á arrancarle una confesión que 
quizá no se había hecho aún á él mismo. 



REMEDIOS 



Para que dudes de mis presentimientos. 



FRANCISCO 

Remedios, esto ha de acabar hoy... Cada cual su 
carácter: yo soy claro; me repugnan los tapujos y 
las labores subterráneas . 



REMEDIOS 



Es mi deber; además habíamos convenido... 



FRANCISCO 

Siento decírtelo, pero el convenio concluye aquí; j 
es más, estoy dispuesto á que suspendas toda la- 
bor... Lo que haces es impulsar á Pedro y á Isólina 
á minar la felicidad de esta casa á fuerza de creerla 
amenazada. 



EL AMOR TARDÍO 85 



REMEDIOS 

Ahora va á resultar que soy yo; ahora va á re- 
sultar que si Pedro busca á Isolina, que si ei verano 
pasado estuvo hasta última hora poniendo pretex- 
tos para quedarse con nosotros y no ir á Villanoa, 
que si... 

FRANCISCO 

Basta... basta. 

REMEDIOS 

Pero si no puede estar más claro el juego de So- 
corro; si se necesita ser tonto para no comprender 
que Pedro aquí es una cuña con la que cuentan los 
de Villanoa... Fueron ellos los que aconsejaron el 
cambio de carrera para metérnoslo mejor en casa... 
Siempre aludiendo en sus cartas á la diferencia de 
edades, á los achaques de Juan Antonio; siempre 
con "los chicos" para acá y "los chicos" para allá... 
Sí, sí... Ellos hacen todo con su mira... 



FRANCISCO 

Pedro es incapaz... ¿Por qué sólo te fijas en él?... 
También Isolina lo busca. 



86 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

REMEDIOS 

Exaltada: 



Mentiral 



FRANCISCO 



Sí... Hay que ser justos... Yo te digo que tam- 
bién ella lo busca, ó se deja buscar, que es lo mis- 
mo... Tú creíste que la dicha sólo está en el bienes- 
tar material, y... Esta es tu obra... Si hay culpa en 
alguno, tuya es... 

REMEDIOS 

¡Oh, Francisco!... 

FRANCISCO 

Confiemos en la virtud que sabe inspirar Juan 
Antonio: á su lado todo el mundo es mejor... Con- 
fiemos en el fondo honrado de Pedro y de Isolina... 
Esto es lo que tenía que pasar, Remedios: es la ju- 
ventud enamorada de la juventud, pero no dispues- 
ta por vil egoísmo á saltar barreras ni á olvidar de- 
beres. 

REMEDIOS 

Vencida: 

Ahora eres tú quien me asustas, Francisco... Dios 
te oiga... Que sea así. 



^L AMOR TARDÍO 87 

FRANCISCO 

Dejemos la vida correr, es lo mejor; los hechos 
no se fabrican como tú crees y la fatalidad no se 
detiene. Confiemos en el bien, que es nuestro único 
recurso. No sigas con tus habilidades de querer se- 
pararlos: cada obstáculo que se pone es como un 
desafío. Prométeme que no harás nada más. 

REMEDIOS 

No, no. . 

FRANCISCO 

¿Tú crees que yo no sé que has abierto la carta 
de Camilo, que sabías que llegaba, que nos echaste 
á la calle para poder recibirlo sola y sonsacarlo? 



Te juro.. 



REMEDIOS 



FRANCISCO 



Mirándola al fondo de los ojos: 

Vas á jurarme en vano, Remedios. 

REMEDIOS 

Bajando la mirada; 

Es verdad.., es verdad, 



88 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

FRANCISCO 

Ya ves... Y si á mí no me engañas, á mí que á su 
lado soy un imbécil, ¿cómo habías de engañarlo á 
él, si no fuera por su bondad?... Juan Antonio es 
demasiado grande: en su alma la generosidad lo 
ocupa todo y no deja lugar á la sospecha; pero si 
algún día se da cuenta de esta desconfianza, de este 
espionaje que rodea su vida.;. . 

REMEDIOS 

Yo siempre he tenido discreción. 



FRANCISCO 

La desgracia se burla de toda discreción.. Si eso 
llegara, su misma inteligencia, su misma bondad se 
volverían en contra suya: como es infinitamente su 
perior, sufriría infinitamente más que cualquier 
otro... ¡Si eso llegaral,.. Tú sabes lo que ha sido 
Juan Antonio para mi: padre, hermano, Dios.., todo. 
Recuerda cómo en cuanto comprendí que el amor 
de Isolina era necesario para su vejez, me puse á 
tu lado contra todo el mundo... ¡Que no llegue nun- 
ca esa desgracia, Remedios! 

REMEDIOS 

Calla... No llegará... Cállate. 



EL AMOR TARDÍO 89 

FRANCISCO 

Déjame hablar... Si llegara, la herida del corazón 
de Juan Antonio sería de muerte; no habría certi- 
pumbre capaz de convencerlo... Ataría cabos, se 
nventaría dolores, suponiendo cosas que no han 
existido... Se moriría... 

Exaltado por esta idea: 

Si por intereses mezquinos me mataran á Juan An- 
tonio, ] entonces yo también dejaría de ser bueno 1... 

Después de esta frase, dicha con 
tono de amenaza, Francisco, se dulci- 
fica y prosigue: 

Ya ves; hace poco tuve un miedo horrible: creí que 
esa fatalidad había llegado; que... 



REMEDIOS 

¡Oh, Francisco, di! 

FRANCISCO 

No, fué solo un relámpago; una de esas reticen- 
cias tuyas que me pareció que él recogía... Que nos 
sirva esa falsa alarma de lección. Basta de tapujos 
y de emboscadas; desde hoy, todo diáfano. 



90 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

REMEDIOS 
Sí, SÍ... 

FRANCISCO 

Imitemos la confianza de Juan Antonio. Si entre 
Pedro é Insolina no hay más que la atracción de la 
juventud, tengamos confianza; si, por desgracia, 
hubiera algo más... tengamos confianza también, 
que el amor no ha de pasar siempre por las almas 
como un incendio. . Pedro é Isolina le deben cuan- 
to son y no han de ser ingratos. La sombra de Juan 
Antonio bastará para separar lo que en ellos no 
debe juntarse. 

REMEDIOS 

Sí, tienes razón. Yo también confío en ellos, 
Francisco. 

De improviso, colérica: 



Son los de allá... son los de allá! 



FRANCISCO 



No supongas bajezas. 



RE MEDIOS 



Tú no los conoces como yo, 



EL AMOR TARDÍO 9 1 

FRANCISCO 

Y aunque así fuera... Pedro es de los nuestros. 
Pedro ha pasado ya por la influencia de Juan An- 
tonio. 

remedios 

¡Esa Socorro!... Ella no nos perdonará nunca. 
Camilo ha venido á... 



FRANCISCO 



Atendiendo a un ruido que llega de 
la derecha: 



Pchs... Calla. 



Juan Antonio entra por la primera 
puerta de la derecha: 



JUAN ANTONIO 



¿El viajero no ha bajado aún? Me dijo que en diez 
minutos estaría listo. 



FRANCISCO 



jQuia! Estará abriendo las maletas. 



92 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

JUAN ANTONIO 

Que no le falte nada, Remedios. Hay que aten- 
derlo como tú sabes hacerlo cuando quieres. 



REMEDIOS 

Ocultando su turbación: 

Sí, descuida... Voy yo misma á ver. 

Remedio» sale por la derecha. 
JUAN ANTONIO 

Ajajá... Ese paseo me ha quitado quince años de 
encima... Está el Retiro que parece de oro; hasta 
se sienten crujir las hojas como si fueran de me- 
tal... Un paseo así da la vida... ¿Cómo has encon- 
trado á Camilo? 

FRANCISCO 



Hecho un toro, ¿eh? 



JUAN ANTONIO 



Si esa vida de pueblo.., 



EL AMOR TARDÍO 93 



FRANCISCO 

En el fondo tú tienes la melancolía de nuestra 
casona de Villanoa. 



JUAN ANTONIO 

¿A qué negártelo? Es lo único que echo un poco 
de menos... Yo no soy hombre de ciudad. 



FRANCISCO 

Melancólicamente. 

¡Aquellos paseos nuestros por la carretera!... Si 
vamos alguna vez, ya no nos llamarán los solterones 
como antes, - ¿te acuerdas?... Lo decían respetuosa- 
mente, bajito, pero de modo que lo oyéramos bien; 
con esa discreción de los pueblos, que siempre tie- 
ne algo de indiscreta. 



JUAN ANTONIO 

Y casi me alegro, Francisco. 

FRANCISCO 

¿De qué? 



L 



94 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

JUAN ANTONIO 

De tener esa melancolía... De otro modo sería 
demasiado feliz, y no es justo. Se debe dejar un 
huequecito para las glándulas de la desgracia. 



FRANCISCO 

Sí, sí... Así, cuando uno nota demasiada envidia 
en derredor, se echa mano á la glandulita para apla- 
carla. ¿No es eso? 



JUAN ANTONIO 
De súbito: 

¿Qué te decía Remedios? Sin duda no le ha senta- 
do bien la visita 

FRANCISCO 

Bah... Ya sabes; cosas de mujeres. 

Entra por el fondo Pedro. Ya es un 
hombre. También en él se nota el in- 
flujo benéfico del tiempo y del estudio. 



PEDRO 

|Lo encontré... Lo encontré! 



EL AMOR TARDÍO 95 



JUAN ANTONIO 



Pareces Arquímedes, muchacho... Lo que nos- 
otros decíamos, ¿no? 



PEDRO 

Lo ue decía usted... A base de cloro. 

JUAN ANTONIO 

Hay que ensayarlo esta misma noche. 

PEDRO 

Ahora mismo . La materia colorante para el pre- 
parado está hecha. ¡Poco contenta que se va á po- 
ner Isolina! 

JUAN ANTONIO 

¿La gelatina se coaguló mucho? 

PEDRO 

No; la dejé á dos grados nada más. 



g6 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

JUAN ANTONIO 

Muy bien, muy bien. . Esta va á ser sonada. 

FRANCISCO 

Pero... Juan Antonio, os ponéis á hablar así y ni 
siquiera le dices á Pedro la visita... ¡Sois terribles 
los sabiosl 

JUAN ANTONIO 

Verdad... ¡Qué cabeza! Dispénsame, Pedro: tu 
padre acaba de llegar. 

PEDRO 

¿Mi padre?... Así, ¿sin avisar? ¿Es que pasa algo? 



JUAN ANTONIO 

No, nada... 

PEDRO 

¿De veras? 

FRANCISCO 

Nada, hombre. Cosas suyas. 



EL AMOR TARDÍO 97 



JUAN ANTONIO 



Ya conoces á tu padre... Corre á abrazarlo; está 
en el cuarto grande de arriba. 



FRANCISCO 



Él quería darte la sorpresa... Anda, sube y sor- 
préndele tú. 



PEDRO 



¡Qué papal... Vuelvo en seguida... Hay que ensa- 
yar eso esta misma tarde. 



Sale Pedro por la primera puerta 
de la derecha. 



Y yo también me voy... Iré por esos libros que 
me dijiste. 



JUAN ANTONIO 

Si te encuentras á Reyes, no se te ocurra soltar 
prenda. 

FRANCISCO 

Bueno eres tú; luego serás el primero en decír- 
selo. Así te han birlado más de cuatro descubri- 
mientos . 

7 



98 INSÚA Y HERNÁNDEZ OATÁ 



JUAN ANTONIO 

Bah... bah, en el fondo, ¿quién es más feliz, el 
robado ó el ladrón? 

Se oye la voz de Isolina que pre- 
gunta desde dentro: 



ISOLINA 

¿Es verdad, Juan Antonio? 

JUAN ANTONIO 

Á Francisco: 

Ya le fué con la noticia. 

Respondiendo á Isolina: 

Sí, nenita; completa verdad. 

Á Francisco: 

Son mis dos centinelas... Preparado tenemos esta 
tarde. 

ISOLINA 

Siempre dentro: 

¿Verdad? Me acabo de vestir en un salto y voy. 



1 



EL AMOR TARDÍO 99 

JUAN ANTONIO 

Sólo su voz parece una risa... 

FRANCISCO 

Con cierta brusquedad: 

Hasta ahora... 

Creyendo que su hermano ha notado 
algo: 

Vengo á cenar... Lo digo, porque recuerdo el ape- 
tito de Camilo. 

JUAN ANTONIO 

Yo voy un rato al laboratorio hasta que baje 
I ése. 

FRANCISCO 

No vayas á ponerte á trabajar... Hasta ahora. 

JUAN ANTONIO 

No, no, descuida... Hasta luego. 



Francisco sale por el fondo. Juan 
Antonio sale también por la-puerta de 
la izquierda. En seguida, sin dar casi 
lugar á que la escena quede sola, Iso- 
LINA, en traje de casa, entra por la 



IOO 



INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 



Isolina... Isolina. 



Mamá. 



segunda puerta de la izquierda, cruza 
la sala, y cuando va á salir por la 
puerta del laboratorio, Remedios, que 
entra por la primera puerta de la de- 
recha, la llama . 



REMEDIOS 



ISOLINA 



REMEDIOS 



Oye... Espera... Quiero que hablemos dos pala- 
bras en serio. Hace tiempo que quiero decírtelas y 
ésta la ocasión: ahora que acaba de llegar Camilo, 



ISOLINA 



Tú dirás, mamá. 



REMEDIOS 



Hija, oye bien... Por lo pronto, júrame que esto Ilág 
que te voy á decir quedará para siempre entre nos-j 
otras. Tú sabes lo que yo he hecho por ti; tú sabes:] 
cómo, contra todos, luché por tu felicidad. 



ISOLINA 



Sí, mamá... ¿A qué viene todo esto? Habíame 
claro. 



EL AMOR TARDÍO IOI 

REMEDIOS 

Tú, á pesar de todos tus estudios, no puedes sa- 
ber, de las maldades del mundo hija mía, como tu 
madre. En todos los libros de la tierra no se apren- 
de lo que en un pueblo, créeme... Allí no se nos 
perdona tu matrimonio. 



ISOLINA 

Esas son cosas que pasaron, mamá. 

REMEDIOS 

El rencor no pasa... Yo los conozco. Tú eras pri- 
mero una niña, luego una moza, y no te dabas 
cuenta... Tú no sabes, Isolina, mientras tú reías y 
jugabas, las rabias, las penas que ha tragado tu 
madre en aquel pueblo... Allí se agria el carácter... 
Cada uno de tus días felices me cuesta muchas 
lágrimas. 

ISOLINA 

¡Mi pobre mamál 

REMEDIOS 



Muchas, hija, muchas... 



ÍO¿ INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

ISOLINA 

Ya tienes derecho á gozar de esta felicidad sin 
temores; tu sueño se ha cumplido, ya ves... Ya na- 
die puede nada contra nosotras. 

REMEDIOS 

jQuién sabe, Isolina! 

ISOLINA 

No... no. 

REMEDIOS 

Hay que estar prevenidas. Camilo ha venido á 
vigilar... á vigilarte; lo manda Socorro. 

ISOLINA 

Pues que vigile. 

REMEDIOS 

Es que no sólo es necesario ser buena, hija, sino 
no dar pretexto á la calumnia. 



EL AMOR TARDÍO IO3 



ISOLINA 

Con un vago sobresalto: 

¿Qué me quieres decir? 



REMEDIOS 

No lo tomes á mal, pero... 

ISOLINA 

Di... 

REMEDIOS 

Yo siempre fui enemiga de que viviera con nos- 
otros... Dada la edad de Juan Antonio, tu confianza 
con él puede ser mal interpretada. 

ISOLINA 

jOh, mamá, mamál... 



REMEDIOS 

Es mi deber. 



ISOLINA 

No, no es tu deber... Él es incapaz de una in- 
famia. 



Í04 ÍNSÜA Y HERNÁNDEZ CATA 

REMEDIOS 

Lo defiendes... ¿Ves? 

ISOLINA 

Con la conciencia limpia, no tengo por qué pre- 
ocuparme de los mal pensados. Pedro quiere y res- 
peta tanto como )Oá Juan Antonio . 

REMEDIOS 

Si sólo son ciertos detalles, hija... Evitar ciertas 
cosas; tratar de... 

ISOLINA 

Mi conducta es igual delante de todo el mundo. 
Juan Antonio la aprueba y no creo tener nada que 
corregir . 

REMEDIOS 

No desoigas el consejo de tu madre. Piensa que 
tu situación es muy delicada... 

ISOLINA 

Exaltándose: 

¿Y por qué me pusiste en ella, mamá? 



EL AMOR TARDÍO IÓ5 

REMEDIOS 

Me haces cargos, Isolina... No esperaba de ti esta 
ingratitud... Es lo que nos queda á las madres. 



ISOLINA 

Enternecida: 

No, mamá, no son cargos. 

REMEDIOS 

A una madre no se la engaña, hija... Yo sé que 
tú también sientes algo por Pedro. Te sigo desde 
hace tiempo... Siento tu peligro en mi corazón. 

ISOLINA 

Si tú supieras cuanto me duele esta conversación, 
no la hubieras empezado nunca... Ya hay que aca- 
barla... Mira, hasta mi propia voz me suena extra- 
ña: son cosas que nunca me había dicho á mí mis- 
ma y que tú me obligas á decir... No creas que soy 
hipócrita y que quiero hacerte creer que no he pen- 
sado nunca en esto; sí, he pensado, pero de esa ma- 
nera confusa y tímida, que no toma siquiera dentro 
de nosotros la forma concreta que tienen las pala- 
bras, aun las palabras que no se dicen... Por nada 



ÍOÓ INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

ni por nadie faltaré á la fidelidad y á la gratitud que 
debo á mi marido. 

En voz más baja, velada por una 
especie de rubor espiritual. 

Juan Antonio es siempre para mí, el tío Juan An- 
tonio; el que nos recogió, el que hizo que nos deja- 
ran de afrentar en el pueblo, el que pagó las deu- 
das de papá... Y ahora que conozco á medias el 
amor y que me doy cuenta de que el lujo no llena 
ni con mucho todas las ansias de la vida, estoy 
contenta de poder pagarle... 



REMEDIOS 

Me asustas. 

ISOLINA 

Pero todo sacrificio me es dulce junto á Juan An- 
tonio. A su lado no se puede pensar mal; su con- 
fianza desarmaría hasta á la peor mujer. Juan An- 
tonio me ha dado como un alma nueva, y cuando 
pienso en la otra Isolina, en la del pueblo, en la 
que no sabía nada ni había abierto un libro, tengo 
como lástima de ella... ¡Y había de ser yo falsa con 
Juan Antonio! 

REMEDIOS 



Si no eres tú; si no me oyes... 



EL AMOR TARDÍO IO^ 

ISOLINA 

Pedro tampoco... Tú ves cómo él y yo trabaja- 
mos junto á Juan Antonio. Pues bien, mamá, te 
juro que nunca, ni por una alusión, ni por una mi- 
rada, lo que se dice nunca, Pedro ha dejado de ser 
para mí lo que debe ser... Es la primera vez que la 
idea concreta del mal viene á mí, y eres tú quien 
me la trae, mamá; por eso me duele tanto. 



REMEDIOS 

Si no es por ti; si no es por Pedro tampoco... Tú 
te olvidas del qué dirán; tú no piensas en la maldad 
del mundo. 

ISOLINA 

Ni quiero pensar... Mi sacrificio no debe ser por 
lo que el mundo piense: debe ser por mí misma; por 
gratitud, por caridad, Juan Antonio es para mí sa- 
grado... Hiciste mal, muy mal, en preparar años y 
años mi boda... Pudiste equivocarte, pude ser yo 
de esas mujeres que sólo atienden á bajos egoísmos 
y á derechos discutibles; pude... 



REMEDIOS 

¿Verdad que no, hija?... Yo te conocía... Yo sabía 
bien... 



Io8 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

ISOLINA 

¡Si no me conocía yo misma, mamá!... ¿Crees que 
al salir del pueblo yo era lo que soy?... Una madre, 
á pesar de las relaciones profundas que conserva 
siempre con el hijo que formó en sus entrañas, no 
puede conocer lo que los años, los libros, la vida, 
van poniendo en el fondo del alma... Tú me dices 
que evite á Pedro, que haga que deje Madrid... 



REMEDIOS 

Sólo eso bastaría. 

ISOLINA 

Y Juan Antonio sufriría "con esa separación... 
Trabajan juntos... Y tal vez por ella sospecharía lo 
que jamás ha de ocurrir... De ese modo serían los 
demás, en contra mía, sin que yo pudiera evitarlo, 
lo que habrían hecho la desgracia de mi marido . 

REMEDIOS 

Recuerda que Juan Antonio mismo dice que más 
vale prevenir que curar. 

ISOLINA 

Esta es ya una enfermedad para toda la vida... 
No hay que prevenir, ni hay que curar tampoco... 



EL AMOR TARDÍO IO9 



Ante el gesto consternado d^ su 
madre: 

No habrá crisis peligrosa; puedes estar segura... Me 
quema esta conversación, pero quiero llegar hasta 
el fin, para que la misma quemadura cicatrice la 
herida que hace... Yo también siento por Pedro 
algo muy grande... No te asustes: algo donde hay 
mucho de agradecimiento... Porque— ¿á qué negár- 
telo? — presiento que Pedro me hubiera hecho feliz, 
y como conozco esa maldad del mundo de que tú 
hablas, como conozco esa estúpida confianza con 
que los jóvenes cortejan á las mujeres casadas con 
viejos..., con ancianos, le agradezco más su correc- 
ción, su silencio, su sacrificio... Por nada del mun- 
do ni él ni yo faltaremos á Juan Antonio. 



REMEDIOS 

Si no me oyes, si hablas tú sola... 

ISOLINA 

Escúchame antes: jMe hace tanto bien decírtele 
todo!... Tenía necesidad de que no sólo mis accio- 
nes, sino hasta mis pensamientos, pudieran juzgar- 
se... Dime que no hago mal, mamá. . . 

REMEDIOS 

Qué has de hacer... Cálmate. 



IIO INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

ISOLINA 

A veces, en momentos, no de flaqueza, que nunca 
los tuve, sino cuando esas ideas me persiguen, me 
acerco á Juan Antonio, busco su sombra como la de 
un árbol; y en seguida me siento tranquila. 



REMEDIOS 

Te acaloras y no me escuchas; era yo quien tenía 
que hablar y... 

ISOLINA 

Sí, tienes razón; perdóname... 

REMEDIOS 

A ver, respóndeme con calma. ¿Quieres respon- 
derme con calma? 

ISOLINA 

Sí, dime; pregunta... 

REMEDIOS 

¿Y si esa actitud — supónlo un momento - , si esa 
actitud respetuosa de Pedro fuera una táctica?... ¿Si 
Pedro siguiera las instrucciones de Socorro? 



EL AMOR TARDÍO III 



ISOLINA 

¡Oh, mamál... No. Respondo de Pedro como 
de mí. 

REMEDIOS 

Habla sólo por ti. Ya es bastante responder de 
uno mismo... No me hagas creer que sólo la abne- 
gación existe en la tierra. 



ISOLINA 

Levantándose: 

Basta, mamá... Quede aquí nuestra conversa- 
ción... Hablamos dos idiomas distintos. 



REMEDIOS 

Tú dijiste todo: debes también oir á tu madre, por 
respeto. 

ISOLINA 

No me obligues, mamá. No apeles al respeto que 
te debo para forzarme á oirte. 



112 INSUA Y HERNÁNDEZ CATA 



REMEDIOS 

Apelo á él y á tu gratitud. A mí me debes tu fe- 
licidad. 



ISO LINA 

¡Qué felicidad, que ni siquiera me permite sacri- 
ficarme en paz y me condena á vivir entre sospe- 
chas y salpicaduras! 



REMEDIOS 



Soy yo quien trato de evitarlas. 



ISOLINA 



Me basto yo, mamá... No sabes lo penoso que me 
es hablarte así. 



REMEDIOS 



Ya veo que defiendes no sólo á Pedro, sino á los 
suyos, que trataron por interés de quitarte de la 
idea de Juan Antonio. Si no fuera tu madre, podría 
también creer... 



ISOLINA 

Mamá... Mamá! 



EL AMOR TARDÍO II3 

REMEDIOS 

¡Tonta, más que tonta. ., que no ves el juego de 
los de allá!... ¡Tonta y más que tonta, que te dejas 
engañar con embelecos!... Contaban con tu falta, y 
te han echado á Pedro para que sea él... Sí. 

ISOLINA 

Rompiendo á llorar: 

jOh mamá, y eres tú la que me dices esol... 

REMEDIOS 

Calla, cálmate, que pueden venir... 



ISOLINA 

Mis primeras lágrimas después de casada; mis 
primeras lágrimas de mujer, mamá... ¡Qué amargas 
sonl 

REMEDIOS 

Conmovida, acariciando la cabeza 
que IsoiiiKA ha refugiado entre los 
brazos. 

¡Hija mía!... ¡Mi rapazal ¡Ojalá no te quisiera 

8 



114 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

tanto tu madre, que sangre y vida diera por verte 
contenta!... Basta ya, no me llores... Sécate esos 
ojos... Sírvate lo dicho para evitar que nadie pueda 
atreverse á..., para que nadie pueda abrigar malas 
esperanzas. Toma un beso, en la frente... Yo sé 
que eres buena... Perdóname si sólo pensé en nues- 
tra miseria y creí que sacándote de ella de cual- 
quier modo te hacía feliz; perdóname si te he hecho 
algún mal, hija... 

Se oye la voz de Camilo que desde 
dentro llama: 



RemediosI 



CAMILO 



REMEDIOS 



Tranquilízate un momento, por Dios... ¡Que no 
te vean llorar..., que nadie sospeche!... 



Sí, ve... 



Voy... voy. 



ISOLINA 

REMEDIOS 

Respondiendo á Camilo: 

Sale precipitadamente por la segun- 
da puerta de la derecha, y apenas ha 
salido entra Pedro. Durante las pri- 
meras frases, Isolina habla ocultando 
la cara, para que Pedro no le vea los 
ojos enrojecidos por el llanto. 



EL AMOR TARDÍO II5 



PEDRO 

Hay que probar el preparado esta misma tarde, 
Isolina. 

ISOLINA 

Sí, ahora iré. 

PEDRO 

Acaso yo decida á papá á un viajecito, y quiero 
saber el resultado antes de irme . 



ISOLINA 

¿Irte? 

PEDRO 
Sí. 

ISOLINA 

De todos modos no te ibas á marchar en seguida. 



PEDRO 

Tal vez. 

Isolina extrañada, lo mira; Pedro 
al ver sus ojos se acerca á ella con 
gran emoción. 



Il6 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

PEDRO 

¿Qué tienes, Isolina?... ¡Tú has Uoradol 

ISOLINA 

¿Estás loco?... jYo qué voy á llorar!... Es que me 
puse á mirar el Sol así, frente á frente, y... 

PEDRO 

No, Isolina... Esas son cosas que se dicen cuando 
no se quiere confesar que se ha llorado... También 
á usted le han hablado... ¡Ni siquiera tuvieron pa- 
ciencia para dejarme ir sin darme el dolor de ver 
lágrimas suyas! 

ISOLINA 

Habíame de tú como siempre, Pedro; habíame de 
tú... No entiendo lo que quieres decir. 

PEDRO 

Yo sé que soy causa de esas lágrimas; por eso me 
voy. Desde hacía tiempo era demasiado feliz y te- 
nía miedo... Ahora me parece que en esta sola hora 
pago toda mi felicidad. 



EL AMOR TARDÍO II7 

ISOLINA 

No tienes que irte. 

PEDRO 

Sí, es mejor. La calumnia no respeta nada. Fran- 
cisco me ha hablado; tal vez te acaba también de ha- 
blar á ti, y te ha hecho llorar... Además... 

ISOLINA 

Además, ¿qué?... 

PEDRO 

Bajando la voz: 

Además... es verdad, Isolina. 

ISOLINA 

Cubriéndose la cara: 

I Oh, Pedro!... ¿Por qué me dices que es verdad? 

PEDRO 

No llores; no me turbes aún más de lo que estoy... 



1 1 8 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

Yo hubiera querido irme como un muchacho loco 
que se cansa del trabajo; hubiera tal vez tenido el 
valor de sonreir al irme, y el tío, con el tiempo, se 
hubiera consolado de perder mi ayuda... Tú tam- 
bién me hubieras olvidado. 



Espera ansiosamente la respuesta 
ole Isolina, que tarda un largo instan- 
te en contestar, «asi más con el ges- 
to que con los labios. 



ISOLINA 

No. 



PEDRO 



Han sido tus lágrimas... Yo no lo hubiera dicho 
nunca; yo venero al tío, tú lo sabes... Me moriría 
antes de olvidar cuanto le debo, cuanto merece... No 
me juzgues mal, Isolina. 



ISOLINA 



No debes irte... Yo olvidaré lo que me has dicho... 
Hay que borrar el día de hoy, Pedro... Tu ida se- 
ría ya un golpe para Juan Antonio, y quién sabe 
si... 



PEDRO 



Es que ya te he hablado, que tal vez ya no tenga 
fuerzas... 






EL AMOR TARDÍO 1 19 

ISOL1NA 

Hay que tener esa fuerza, hay que valer más que 
los otros. 

PEDRO 

Sólo mi presencia aquí te perjudica, según di- 
cen... y debe ser cierto. 



ISOLINA 

¿Y qué nos importan los demás si estamos segu- 
ros de nosotros? 

PEDRO 

¡Oh, Isolina, tú no sabes!... Tú no puedes saber... 
Si yo creo que ya en el pueblo, cuando al oir hablar 
de tu boda yo me indignaba sin darme bien cuenta 
del por qué, "eso" era ya verdad... Yo te quería, te 
quise siempre... Es verdad que dejé la abogacía 
por estar más á tu lado, es verdad que por ti he to- 
mado amor á la ciencia, que con tu presencia me pa- 
gaba... Porque el trabajo era el único sitio donde 
nuestras almas podían juntarse... 



ISOLINA 

¡Cállate... Cállate... Cállate!.,, 



I20 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

PEDRO 

Yo no te lo hubiera dicho jamás... Tú no sabes 
cuántas veces he tenido que salir de pronto de una 
habitación donde tú estabas, para que no me lo fue- 
ran á conocer en los ojos... Te juro que ni un mo- 
mento pensé en el mal; yo no soy... 



ISOLINA 

Te digo que calles... 

PEDRO 

¡Si es una vez sola la que he de hablar... escú- 
chame esta vez!... Tú no comprendes la desgracia 
que es llevar en sí la maldición de hacer desdicha- 
do á quien se adora... Quiero que sepas que ni un 
momento he pensado mal. Yo sé que en seguida se 
aspira á pasar sobre todo para conseguir la dicha 
completa... Pero hay también quienes se conforman 
con una media felicidad que les permite ser piado- 
sos... Yo soy de esos, Isolina... Ya ves, ahora que 
la voy á perder, esa media felicidad me parece una 
felicidad completa. 



ISOLINA 

No debes irte. Suframos nosotros cuanto sea pre 






EL AMOK TARDÍO 121 

ciso; pero Juan Antonio no debe suponer jamás... 
Tú sabes que su corazón no resistiría á eso . 

PEDRO 

Yo lo venero como tú; sin él tú no serías como 
eres, como yo te adoro . 



ISOLINA 

No debes irte... Prométeme que no te irás. 

PEDRO 



Él es más que nuestro padre... 

ISOLINA 

Más, mucho más... Hagámoslo por él... ¿Me lo 
prometes? 

PEDRO 

Me pides demasiado, Isolina. 

ISOLINA 

Te pido lo que él se merece . Mucho más daría 
yo por no turbar la poca dicha que le queda. 



122 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

PEDRO 

Una sola condición, Isolina. 

ISOLINA 

Sin condiciones... No me hagas arrepentirme de 
haber confiado en ti . 



PEDRO 

Una condición sola . 



No, no.. 



ISOLINA 



PEDRO 



¿Es que tú no comprendes?. . Es que necesito una 
convicción que me dé fuerzas para despreciar á to- 
dos y.- para vencerme á mí mismo... No me la nie- 
gues... Yo te juro que jamás volveré á hablarte de 
esto; que mis ojos no te lo dirán tampoco nunca, 
que antes de manchar sus canas... 



ISOLINA 

Cpncluye, no me martirices, 



EL AMOR TARDÍO 1 23 



PEDRO 

Pero dime, Isolina, que sin ese deber que nos se 
para... 

ISOLINA 

¡Oh, Pedro... no eres generoso! 



Dímelo... 



Pedro!... 



PEDRO 



ISOLINA 



PEDRO 



Una sola palabra: mi salvación, mi fuerza para 
el sacrificio... Una sola palabra, Isolina... 



iso lina 

Con voz honda, con los brazos rígi- 
dos á lo largo del cuerpo. 



Y bien... Sí. 



Juan Antonio ha aparecido hace un 
instante en la puerta del laboratorio. 
Al oir la última palabra de Isolina, 
la sacudida de su cuerpo es tal, <jue 
delata su presencia. 



124 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

ISOLINA 

¡Juan Antonio I 

PEDRO 

¡Ohl... 

ISOLINA 

Pero.. ¿Lloras?... ¿Estás llorando? 

JUAN ANTONIO 



Queriendo en vano velar con una 
sonrisa la infinita angustia de su ros- 
tro. 



No, no... Si no lloro... Si es que me puse á mirar 
al Sol así, frente á frente, y... 



No puede más, y aunque Isolina y 
Pedro corren al verlo apoyarse en el 
muro no llegan á tiempo para recoger 
el pobre cuerpo, que se desploma. 



TELÓN 



ACTO TERCERO 



En el despacho de Juan Antonio. Una gran mesa de 
trabajo con dos carpetas. Un sillón y una silla á cada 
lado de la mesa, respectivamente. 

Puertas al fondo y á la derecha; una es la de la alco- 
ba y la otra se abre sobre un pasillo. Es de noche, y so- 
bre la mesa una sola lámpara alumbra toda la habi- 
tación . 

Juan Antonio está solo, sentado ante la mesa; uno de 
sus brazos aparece aún desnudo, y la jeringuilla hipo- 
dérmica acaba de hacer en él una inyección... Luego 
guarda la jeringuilla, bajo la manga de la chaqueta, 
y apoyando los codos en la mesa y el rostro en las ma- 
nos, queda absorto. Francisco entra, y tiene que lla- 
marlo dos veces para apartarlo de sus pensamientos. 



FRANCISCO 

Juan Antonio... 



Más alto: 



¡Juan Antonio! 



JUAN ANTONIO 

Ah... ¿Eres tú, Francisco? 



I2Ó INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

FRANCISCO 

No te molesto, :eh? 

JUAN ANTONIO 

Al contrario... Quédate. 

Pequeño silencio. 
FRANCISCO 

Hubo carta de Camilo... También él desaprobaba 
el viaje de Pedro, pero al fin parece que se ha con- 
vencido... Le manda algo de dinero, una miseria... 
Pedro dice que quiere irse mañana. 



Ah, sí .. 



Indiferente: 



FRANCISCO 



Pero, ¿qué te pasa?... En los quince días que es- 
tuvo Camilo con nosotros no me atreví á pregun- 
tarte... Tú fingías una gran calma y yo no quería 
decirte: "Aquí hay comedia, Juan Antonio", tenien- 
do en cuenta que no te conviene disgustarte .. Lue- 
go de irse Camilo debí hablarte claro, pero... Te 
noto extraño: esos desmayos de todos los días, esa 
apariencia de calma me dan miedo. 



EL 



AMOR TARDÍO 1 27 



JUAN ANTONIO 



Has hecho muy bien... Sólo que no hay come- 
dia; esa calma es verdadera, es reflexiva... ¡Y 
tanto! 



FRANCISCO 



Si me hablas con medias palabras, estoy perdi- 
do. Permíteme una pregunta y prométeme una res- 
puesta terminante. 



JUAN ANTONIO 

A ver. 

FRANCISCO 



Tú tienes un disgusto... Un disgusto cualquiera. 
No te pregunto la causa. 



JUAN ANTONIO 

Bien, tengo un disgusto . 

FRANCISCO 

Una pena, ¿no es eso?... No un disgusto general 
sin motivo directo... No cosa del cerebro, sino del 
corazón. . Una herida. 



128 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 
JUAN ANTONIO 

Vas á tientas como un ciego que temiera hacer 
daño... y eres capcioso como un mal juez... Sí, ten- 
go una herida. Pero tú buscas una acusación y yo 
no puedo acusar á nadie... La mano que me ha he- 
rido es inocente. 

FRANCISCO 

Y cruel... 

JUAN ANTONIO 

No puede haber crueldad en lo que no puede 
evitarse... Por eso el Destino no es cruel, Francis- 
co... Bah, hablemos de otra cosa... ¿Cuánto le ha 
mandado Camilo á Pedro para el viaje? 



FRANCISCO 

Cambia de conversación... ¿Qué me importa aho- 
ra á mí la tacañería de Camilo? ¿Qué me importa á 
mí el mundo entero, cuando te veo desmayándote 
cada día y encerrado en un silencio que no se me- 
rece tu hermano?... Habíame claro; nunca hubo 
secretos entre nosotros... ¿Qué hay?... ¿Qué pasa? 



JUAN ANTONIO 

Nada... nada. 






EL AMOR TARDÍO C29 



FRANCISCO 



Quieres decir... todo. Ya tenemos aquí el miste- 
rio Se torció la vida... Iba demasiado bien... ¡Si al 
menos se pudiera hablar claro! 



JUAN ANTONIO 

No se puede... 

FRANCISCO 



¡Si me dejaran arreglar las cosas!... 



JUAN ANTONIO 



Te vuelves loco... Parece que deliras. Hay cosas 
me no tienen arreglo, Francisco... A mi edad no 
vale ya la pena de forzar las cosas... Tal vez la 
muerte está ya á mis puertas y... 



FRANCISCO 



¡Morir tú!... Tú no sabes de lo que yo soy capaz, 
Juan Antonio... Si te vuelvo á oir hablar de muerte, 
soy capaz de todo... 



JUAN ANTONIO 



¿Ves? Y tú pretendes que se te hable claro... No 

9 



I30 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

se pueden cambiar cuatro palabras contigo acerca 
de mí, sin que te exaltes, sin que te conviertas en 
un erizo... Yo no soy inmortal, querido hermano... 
Ese es tu defecto, alguno habías de tener, y me 
llega al alma, Francisco... Aveces tu solicitud para 
conmigo, me recuerda á mamá... Y hay momentos, 
así, como ahora, sin que pase nada de extraordina- 
rio, en que deseo darte un abrazo muy fuerte... 
Así. 

Se abrazan enternecidos. Francis- 
co tiene de pronto una sospecha os- 
cura y terrible, y, sin deshacer el abra- 
zo se separa de su hermano para inte-i 
rrogarlo, queriendo descifrar la ver- 
dad en el fondo de sus ojos. 



FRANCISCO 






Tú tienes un secreto, tú tramas algo.. Desde el día 
en que te dio el primer vahido, — ¿te acuerdas? - - , el 
mismo día que llegó Camilo, eres otro . Ese traba- 
jo febril, cuando el doctor Reyes te aconseja repo- 
so; ese escribir y escribir cosas que escondes cuan- 
do llega alguien... ¿Crees que no te observo? Esí 
necesario que hoy te abras á mí, Juan Antonio.. . 
Ese mismo viaje de Pedro que has consentido sin| 
protestas... 

JUAN ANTONIO 

Pedro no se irá. . 



EL AMOR TARDÍO I3I 



FRANCISCO 

¿Que no se irá? 



JUAN ANTONIO 

Queriendo recoger su frase: 



No se irá... tan pronto... No te asustes... Hoy le 
rogaré que aplace el viaje unos cuantos días, hasta 
que hayamos concluido los trabajos que empeza- 
mos juntos... Por eso me afano. 



FRANCISCO 

No, más vale que Pedro se vaya en seguida, Juan 
Antonio. 

JUAN ANTONIO 

¿Qué significan tus palabras?... ¿Tú también ha- 
blas por enigmas?... ¿Ves cómo no se puede hablar 
claro?... Di, ¿qué sabes? ¿Qué sospechas?... ¿Qué 
has visto? 

FRANCISCO 

Nada; te lo aseguro. Si hubiera sabido que ibas á 
exaltarte... Ya hablaremos claro más tarde, cuando 
ése se haya ido y tus desmayos diarios te hayan 
dejado en paz... Tú sabes que cuando te veo su- 



132 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

frir, pierdo el tino y no sé lo que me digo; tú sa- 
bes... ¡Y nunca te he visto sufrir como ahora!... 



JUAN ANTONIO 

Bien, bien querido hermano... Anda, ve á respi 
rar un poco; el aire te hará bien... 



Sí... 



FRANCISCO 



Francisco va á salir. Cuando ya 

está en la puerta Juan Antonio, en 

tono natural, para no descubrir su 
emoción, lo llama. 



JUAN ANTONIO 

Oye, Francisco... 

FRANCISCO 

¿Qué?... 

JUAN ANTONIO 

Dame otro abrazo antes de irte... 



Se abrazan estrechamente, y grue- 
sas lágrimas silenciosas dan al abrazo 
la solemnidad de un adiós. Entra Iso- 






EL AMOR TARDÍO 1 33 



ISOLINA 



¿Cómo estás?... No te conviene emocionarte... 
Mira, Francisco, si sigues así soy capaz de no de- 
jarte entrar más á verlo; con tus cosas le haces per- 
der la tranquilidad que le hace tanta falta . 



FRANCISCO 

Hosco: 



Ya me voy... Tienes razón; soy yo quien le hago 
perder su serenidad... Ya me voy... 

Francisco sale por el fondo. 



JUAN ANTONIO 

Siéntate, nenita; quiero que hablemos. 

ISOLINA 

No eres razonable... Hoy te han dado dos des- 
mayos en vez de uno por no ser razonable... ¿To- 
maste la estricnina? 

JUAN ANTONIO 

Sí, acabo de ponerme una inyección. Déjame 
hablar. Debemos aprovechar el tiempo. 






134 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

ISOLINA 

Si hablaras sin emocionarte... 

JUAN ANTONIO 

Es el poco de corazón que aún me queda, hija... 
¡Al fin del camino me he vuelto sentimental!... En 
el fondo siempre lo fui .. Tú pareces menos que 
yo... * 



¿Yo?. 



ISOLINA 



JUAN ANTONIO 






Pedro debe marcharse mañana, y tú estás como si 
tal cosa... Se diría que lo ves marchar con alegría. 



ISOLINA 

Aparentando ligereza de tono: 

Claro... Como que creo que para Pedro es con- 
veniente ampliar sus estudios, orear su inteligen- 
cia... No vale la pena de entristecerse; no va á cru - 
zar el mar como un emigrante. 






ÉL AMOE TAEDIO 1 35 



JUAN ANTONIO 

Es verdad; no es á él á quien hay que compade- 
cer: es á mí. 

ISOLINA 

A ti, ¿por qué? 

JUAN ANTONIO 

Porque se me iba.,, se me va el discípulo pre- 
dilecto... Me había acostumbrado á trabajar con 
él. íbamos al unísono en las cuestiones de la cien- 
cia. . Yo le había inculcado mis ideas, mis con- 
clusiones, y él, con una fidelidad perfecta, las lle- 
vaba más lejos... Algunas verdades las habíamos 
encontrado juntos... En fin, no se renuncia á todo 
eso de un golpe... 



ISOLINA 

Me da pena oirte... Parece que yo no soy nada. 

JUAN ANTONIO 

Es cierto... No te nombro, y sin embargo tú eres 
todo... Es como cuando se habla del organismo: se 
nombra el corazón, el cerebro, las visceras .. y casi 
nunca se nombra la fuerza invisible sin la cual 



I36 INSÚA Y HERNÁNDEZ GATA 

corazón, visceras y cerebro son carne muerta.. Tú 
eres para mí esa fuerza, Isolina... Al faltarme tú, 
yo soy carne muerta también. 



ISOLINA 

Yo no puedo ni quiero fakaríe, Juan Antonio... 
Mis estudios, mi vida, mi carrera, son la misma 
cosa: quererte, quererte, quererte. Te quiero con 
todos los cariños posibles... 



JUAN ANTONIO 

Sí, nenita... Hablamos, hablamos, y no te digo lo 
que quiero decirte. 

ISOLINA 

Si se va Pedro te quedo yo, te queda Francisco... 

JUAN ANTONIO 

Pero Francisco es viejo como yo... Y Pedro era 
la juventud... En una casa es necesaria la juventud 
siempre,.. 

ISOLINA 

¿Y no soy yo joven?... No te comprendo. 



ÉL AMOR TARDÍO Í37 

JUAN ANTONIO 

.. Y si yo me moría., al yo morirme... 

ISOLINA 

¡Oh, no quiero que digas!... 

JUAN ANTONIO 

Sin casi interrumpir la frase: 

"...estando aquí Pedro... 

ISOLINA 

¡Oh Juan Antonio, Juan Antonio!.. No me digas 
eso ... Tú siempre has sido bueno conmigo. . 

Hay una pausa. 



JUAN ANTONIO 

Eso es lo que deseo ser hasta el fin, nenita, mi 
nenita... bueno contigo. . No veas en ninguna de 
mis palabras un reproche. . Quiero decirte que las 
fuerzas se transmiten Camilo me dijo un día que 
sus hijos debían ser mis continuadores.. ¡Quién 
iba á pensar!.,. 



I38 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 



Recogiendo la frase de Isolina oon 
severa bondad. 



Yo no apruebo los sacrificios estériles, Isolina ... 
Sería una cobardía sin nombre, caer en eso al fin de 
una vida de trabajo y de luz. Cuando yo muera... 



ISOLINA 



¡No hables de morir!... No quiero, no quiero. . 



JUAN ANTONIO 

Sí, al contrario, debemos hablar... Yo se que sólo 
estamos familiarizados con el nombre de la muer- 
te, pero que ella, la verdadera, nos sorprende cada 
vez que tiende su hoz cerca de nosotros... Con 
Francisco, el pobre, no puede hablarse de estas 
cosas... El debió ser el que me oyese para evitarte 
este dolor: pero... 

ISOLINA 

No, no... 

JUAN ANTONIO 

La muerte, cuando se lleva á un viejo, es que 
deja paso á la vida... La muerte es repugnante y 
cruel cuando malogra, cuando troncha.., Yo tengo 
sesenta y cinco años y no sirvo de nada. 



EL AMOR TARDÍO 1 39 



ISOLINA 



Sirves á la humanidad y eres mi sostén. 



JUAN ANTONIO 

Admitido... Pero en la marcha del mundo toda 
fuerza necesaria es sustituida; para un pobre viejo 
estudioso que se va, surgen diez jóvenes de talento 
que lo sobrepujan... No es la ciencia ni la humani- 
dad quienes me preocupan: eres tú... 



ISOLINA 

¿Quieres callar?... No eres bueno conmigo si me 
haces sufrir... 



JUAN ANTONIO 

Tú has dicho antes que me querías con todos 
los cariños posibles... Tú á mí no; tú no puedes de 
cierta manera. . 



ISOLINA 



No te entiendo, Juan Antonio. Escucha... 



Í4-C» INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 
JUAN ANTONIO 

Pero yo á ti sí.. Es monstruoso, pero es cierto; 
yo puedo quererte con todos los cariños posibles y 
te he querido siempre así. 



ISOLINA 



Y sigues queriéndome... 



JUAN ANTONIO 

Y sigo queriéndote, Isolina... Pero á veces un cari- 
ño manda más que <otro .. Ahora veo en ti lo que 
siempre debí haber visto: una hija. Estoy adolorido 
y contento, nenita... Y como á una hija, pretendí 
hablarte de mi muerte. 



isolina 

Pero si el doctor Reyes asegura que con la estric- 
nina podrás ponerte bueno del todo; si... 



JUAN ANTONIO 

Reyes es un pobre hombre... Todos los doc- 
tores somos unos pobres hombres, nenita... Mu- 
cha vanidad, poique sabemos los nombres de to- 



EL AMOE TARDÍO I4I 

das las ruedas del complicado reloj que es cada ser; 
pero la cuerda sigue siendo un secreto... Podemos 
impedir que el reloj atrase ó adelante; cuando la 
cuerda no impulsa más, el reloj se para, la vida se 
acaba irremediablemente. 



ISOLINA 

Sí, pero... 

JUAN ANTONIO 

Y mi corazón y mi cerebro están cansados. Eran 
ya máquinas viejas y yo les impuse el trabajo en- 
tusiasta de estos últimos tiempos. Además la felici- 
dad agota como el perfume de ciertas flores; la vo- 
luptuosidad es una aliada de la muerte... ¡y yo he 
sido muy feliz contigo, Isolinal. . 



ISOLINA 

Yo no me consolaré nunca, Juan Antonio . 

JUAN ANTONIO 

Eso dices hoy y sé que eres sincera... Pero te 
consolarás; el tiempo hace y deshace los dolores . . . 
Cuando tu dolor haya pasado, cuando vuelvas á 
desear y comprendas que te falta el complemento 
de tu vida... 



142 INSÚA Y HEBNÁNDEZ CATA 

ISOLINA 

No, no... no. 

JUAN ANTONIO 

Entonces yo quiero que seas leal contigo misma, 
que te cases con un hombre bueno, digno, que 
pueda darte lo que yo te he dado y lo que yo no te 
he podido dar, nenita: la juventud... Sí, no digas 
que no sin saber lo que dices... Yo quiero premiar 
con esta súplica, con esta orden, la dulzura, con 
que has perfumado tu sacrificio... Tú has conse- 
guido de tu corazón grandes victorias... Yo te he 
sentido luchar, temblando, y te he visto vencer 
contento.. . 

ISOLINA 

Yo no he tenido que luchar; tú eres todo para mí; 
tú lo sabes... 

JUAN ANTONIO 

Tu hermosura y tu bondad lo doraban todo, hasta 
mis sufrimientos, y muchas veces, como quien 
abandona los remos en un mar tranquilo, me he 
abandonado á la felicidad de quererte sin pensar en 
nada... sin temor, sin conciencia, fuera del tiempo... 
Han sido los días felices . ¿Quién puede arrebatár- 
melos? Fueron, han existido... ¡no volverán!... Pero 
debo recompensarte por habérmelos dado . 



EL AMOR TARDÍO 1 43 



ISOLINA 



No quiero nada, nada, sino que tú vivas; morir- 
me antes que tú. . . Yo no sé lo que haré si tú mue- 
res... Entraré en un convento... 



JUAN ANTONIO 

No, no... Eso nunca... Odio, óyelo bien, la viudez 
eterna, el convento, cuanto significa vida estanca- 
da... ¡Ceniza... ceniza! Te mando que, al morir yo, 
te cases; que sepas lo que es el verdadero amor 
y lo que es la voluptuosidad con el hombre que por 
ley biológica te corresponde... Lo quiero, ¿me oyes 
bien? 



ISOLINA 

jEs horrible 1 

JUAN ANTONIO 

Yo soy un usurpador... ¿Qué he hecho de ti? ¿Qué 
normas sagradas he cumplido en ti? ¿Dónde están 
los hijos que tú, mujer fuerte, debiste dar al mun- 
do?... ¡También yo soy ceniza y ojalá no lo hubiera 
nunca olvidado 1 

ISOLINA 

Tú tienes algo. Me hablas de un modo extraño; 



144 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

dices cosas que no comprendo, pero que me hacen 
temblar... Juan Antonio, no sufras por mí... Yo 
tengo la conciencia limpia... 



JUAN ANTONIO 

Soy yo el que no tiene limpia la conciencia. Tam- 
bién me ha costado muchos sufrimientos alcanzar 
de mí esta victoria que me permite hablarte de 
este modo... 

ISOLINA 



'Entonces?... 



Angustiada: 



JUAN ANTONIO 



Veo que contigo no puedo llegar hasta el fondo 
de mi pensamiento; tú también eres débil como 
Francisco. Sin embargo... Sólo quiero que me pro- 
metas una cosa, que... 

Remedios entra por el fondo. 



REMEDIOS 

Ya sabía que estaría aquí .. Y nosotros allá aba- 
jo, esperándote. Lo primero que dice el doctor es 
que no lo hagáis fatigar, y como si nada . 



EL AMOR TARDÍO 1 45 



JUAN ANTONIO 

No fué de ella la culpa. 

\ ... 

REMEDIOS 

Si ya sé que tú eres tan chiquillo como ella. 



A Isolina: 

Ea, vamos... 



JUAN ANTONIO 



No la riñas, te repito que he sido yo... 

ISOLINA 

I Cuando tú quieras. 






JUAN ANTONIO 



Hacedme el favor de decirle á Pedro que suba un 
instante... Tengo que dejar concluidos con él ciertos 
detalles . 

ISOLINA 

Ya tendrás tiempo; descansa ahora un rato. 

10 



146 



INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 



REMEDIOS 



No, mujer... ]Qué va á tener tiempo! Pedro se va 
por la mañana. Si no hablan ahora... 



JUAN ANTONIO 



Á Isolina. 



Ven, dame un beso antes de irte... En la frente... 
Adiós. 

Remedios sale é Isolina la sigue. 
Antes de salir Isolina vuelve la ca- 
beza y sonríe á Juan Antonio... Juanj] 
Antonio también sonríe, sonríe dema- 
siado, y la sonrisa se llena de dolor. 
Cuando las dos se han ido, saca su re- 
loj, y puesta una mano sobre el cora- 
zón, mira atentamente la esfera. Asi 
pasa un minuto hasta que entra Pe- 
dro. 



PEDRO 



¿Me llama usted? 



JUAN ANTONIO 



Sí, siéntate... 



Pedro va á sentarse en un sillón, y 
Juan Antonio le indica la silla que 
está frente á la suya, al otro lado de 
la mesa de trabajo. 



No, siéntate aquí, en tu sitio, como cuando traba- 
jábamos juntos. 






EL AMOR TARDÍO 1 47 

Pedro obedece. 

Así, Pedro... Tenemos que hablar francamente, 
como dos hombres. 

PEDRO 

Muy bien. 

JUAN ANTONIO 

He observado en ti un carácter recto y enérgi- 
co... Al mismo tiempo me parece que tienes esa 
ambición que es el germen de todo progreso .. En 
fin, que eres fuerte, que sabes desear, que sabes es- 
perar... Guardas en la vida la misma serenidad que 
en el laboratorio... Así era yo... jUn hombre!... 
Podemos, pues, hablar de hombre á hombre, ¿no 
es eso? 



PEDRO 

Sí.- 



JUAN ANTONIO 

Prepárate: no me hagas rectificar la buena idea 
que tengo de ti. 



PEDRO 

No. 



JUAN ANTONIO 

Tú estás enamorado de Isolina. 



I48 INSÜA Y HERNÁNDEZ CATA 

PEDRO 

¿Yo?... 

JUAN ANTONIO 

Me debes la verdad . 



PEDRO 

Es... 



JUAN ANTONIO 

Sentiría una gran decepción al oirte mentir... ¡Yo 
no mentía á tu edad! 



PEDRO 

Es cierto... Yo estoy enamorado de ella... Por eso 
me voy... La idea de realizar ese amor, no la he te- 
nido nunca. . Míreme usted bien, y verá que no 
miento... Usted sabe lo que es usted para mí: más 
que mi padre . . . 

JUAN ANTONIO 

Lo sé... Gracias... Isolina es hoy imposible para ti. 

PEDRO 

Si siquiera la hubiera deseado, me consideraría 
indigno de hablar con usted, tío Juan Antonio. 



EL AMOR TARDÍO 1-49 

JUAN ANTONIO 

Y... ¿si yo me muriera? 

PEDRO 

No... Tampoco... ¿Por qué me pregunta usted 
eso?... No está bien. 

JUAN ANTONIO 

No me niegues que esa idea ha pasado por tu 
imaginación, aun en contra de tu voluntad. Mi vejez 
la sugiere lógicamente. 

PEDRO 

Yo no le doy valor á esas ideas de las que somos 
irresponsables como de los sueños... No me hable 
usted más, tío; yo sé lo que el deber me impone. 

JUAN ANTONIO 

Establezcamos una hipótesis... Sí ó no, respues- 
ta sincera como antes, Pedro: Si yo me muriera 
después de habértelo aconsejado, ¿te casarías tú 
con Isolina? 



I5O INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 



PEDRO 



Sí... si ella me quisiera, si ella... 



JUAN ANTONIO 



Me das un placer. . . un dolor... Me reconozco en 
ti. Oye, no es una hipótesis: yo sí voy á morirme... 
Tal vez esta noche, tal vez al amanecer; siempre 
antes de que tú te hayas ido. ¿Me entiendes? 



PEDRO 

Levantándose: 



¿Qué tiene usted?... ¿Se ha vuelto usted loco? 



JUAN ANTONIO 



No alces la voz. . Siéntate... Es la verdad; no po- 
día más... Lo tengo decidido desde hace tiempo... 
Tú sabes desde cuándo. 



PEDRO 

Suicidarse usted? 



JUAN ANTONIO 

Sí. 



EL AMOR TARDÍO I5I 

PEDRO 

No es posible... Usted no puede decir eso de 
veras. 

JUAN ANTONIO 

Me obligas á entrar en explicaciones... Lo siento. 
Hubiera preferido hablar de eso fríamente, como 
de un caso clínico... Lo es después de todo: se trata 
de una extirpación... Tal vez el consejo de casarte 
con Isolina, te parezca poco calderoniano... No sé, 
creo encontrar en ti una comprensión más amplia 
del honor y del deber. Aquí, el hambre, el engaño, 
han sido siempre cosas para reir... ¿Qué importa? 
Yo me intereso por Isolina y por ti como un biólo- 
go; en mi laboratorio, en toda mi carrera, ¿qué he 
hecho sino librar batallas por la vida? Y ahora que 
soy yo el obstáculo, la fuerza negativa, ¿voy á 
dudar?... 

" PEDRO 

No. Verá usted: me parece que dice al mismo 
tiempo algo muy generoso, pero falso. Como con- 
clusión filosófica me parece un absurdo. 

JUAN ANTONIO 

¿Por qué? 

PEDRO 

Por todo... En primer lugar hay en la vida algo 



152 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

más que el amor. Viudo ó célibe, usted tendría la 
misma fuerza intelectual que ahora, y su labor sería 
igualmente preciosa y fecunda - 

JUAN ANTONIO 

No olvides que mi labor, mi verdadera labor, ha 
sido realizada en estos seis últimos años, como si 
sólo mi pobre amor le diera sustento. 

PEDRO 

Coincidencias... Los sabios como usted son pa- 
dres de los demás hombres y no pueden desertar 
nunca... Hay que pagar á la Naturaleza el soplo de 
genio que se recibió de ella. En plena senectud físi- 
ca puede usted descubrir las mayores verdades... 
Los hombres como usted deben esperar hasta el fin 
de sus días trabajando; pueden morir, pero no 
matarse... Usted tiene investigaciones empren 
didas... 

JUAN ANTONIO 

Nuestras investigaciones no abortarán si tú las 
sigues . 

PEDRO 

Tiene usted que seguir su órbita; que cumplir 
su fin . 



EL AMOR TARDÍO 1 53 

JUAN ANTONIO 

Mi fin ha llegado. 

PEDRO 

Usted no puede matarse como un pobre hombre; 
sería indigno. 

JUAN ANTONIO 

¡Como un pobre hombre he amado y he sufrido, 
Pedro! 

Una pausa. 
PEDRO 

Soy yo... Yéndome yo, su vida se encauzará de 
nuevo. 

JUAN ANTONIO 

No... no eres tú, no es ella, no es nadie... Todos 
hemos cumplido con abnegación nuestro deber, 
y todos somos desgraciados. Sobre nosotros ha 
pasado un viento de fatalidad como en las trage- 
dias antiguas. 

PEDRO 

Es terrible quererlo, venerarlo como yo, y pare- 



154 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

cer su rival... Es estúpido, tío Juan Antonio... Per- 
dóneme la franqueza de antes; debí mentirle.. . Yo 
me iré y no volveré nunca más 

JUAN ANTONIO 

Tú no te irás, Pedro .. Tú ya me haces tanta 
falta como ella. Yo no podría ver ese sitio donde 
tú estás, vacío... En esta mesa hemos trabajado cua- 
tro años juntos... Cuántas noches— ¿te acuerdas? 
ella venía á decirnos que era muy tarde, que lo de- 
járamos para el día siguiente... Tú y ella sois la ju- 
ventud, ¡y yo estaba en medio de vosotros!... A mi 
edad se renuncia más fácilmente á la vida que á 
ciertos hábitos felices... Un momento pensé resistir, 
haceros creer que no sabía nada, pero no hubiera 
tenido fuerzas para soportar tanto... Te repito que 
he sufrido como un pobre hombre, Pedro. 

PEDRO 

¡Pobre tío Juan Antonio! 

JUAN ANTONIO 

Me compadeces... 

PEDRO 

¡Malditas palabras las de aquel dial . 



EL AMOR TARDÍO 1 55 

JUAN ANTONIO 

Mira si estaba ciego, qué necesité oírlas para 
comprender lo que pasaba... ¡Qué horror!... Desde 
el primer momento luché entre el rubor del espio- 
naje y el ansia de saber... Cuando tú le preguntaste 
si te habría querido de no existir el obstáculo, yo; 
cuando oí que toda mi dicha dependía de una sola 
respuesta, quise entrar corriendo para impedirla, 
pero mis piernas me tenían clavado, y cuando pude 
entrar, ya el sí de Isolina había sonado como un ca- 
taclismo en mis oídos .. De pronto, como un pobre 
hombre, sentí rabia, ideas de venganza, y quise ha- 
ceros comprender que había oído. . Después caí 
como muerto. . Yo creí que moría de verdad, pero 
¿qué?, desde aquel instante, ¿qué soy si no un 
muerto? 

PEDRO 

¿Nos perdona usted?.., ¿Me perdona usted, tío 
Juan Antonio?... 



JUAN ANTONIO 

Más que perdonaros... Trabajo me ha costado 
llegar á la cumbre de serenidad en que me encuen- 
tro ahora; la subida era dura y estaba empedrada 
de prejuicios y de malos instintos... No quiero vi- 
vir de vuestro sacrificio. 



I56 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

PEDRO 

No, no... 

JUAN ANTONIO 

Harto caro he pagado el olvidar una vez mis ca- 
nas... Me sentí joven por dentro y olvidé que en 
amor no hay otra juventud que la juventud física- 
Fui caprichoso, sensual... Os debí parecer un viejo 
ridículo... Me avergüenzan estas confesiones... 

PEDRO 

Usted nunca... 

JUAN ANTONIO 

En fin, oye lo único que debía haberte dicho, y 
óyelo con serenidad, como yo voy á decírtelo: quiero 
morir, al menos, con la muerte del sabio .. En estos 
tiempos parece un poco difícil; pero los hombres 
han sido siempre grandes y pequeños, y no vamos 
á creer que Sócrates y Séneca fueron privilegios 
de la antigüedad. ¿Puedo contar contigo, Pedro? 

PEDRO 

No lo entiendo... Lo que usted dice es imposible. 
Yo no puedo consentirlo, yo no puedo ser cómpli- 
ce, yo... 



EL AMOR TARDÍO 1 57 



Oye... 



JUAN ANTONIO 



PEDRO 



Por cariño, por deber, tío Juan Antonio, yo he 
de impedir esa locura... Usted no sólo se debe á 
nosotros y á la ciencia... Usted, cree; yo sé que us- 
ted cree, ¿verdad? 

JUAN ANTONIO 

Sí... Mientras más he ahondado en la Ciencia, 
más claramente he sentido esa fuerza creadora que 
llamamos Dios... También he pensado en la posibi- 
lidad de afrontarlo para rendirle cuentas... Y de to- 
dos modos, me decidí, ya ves... Un viejo que se 
suicida, es un hombre que no tiene la paciencia de 
esperar unos cuantos días, unos cuantos meses á lo 
más .. A mi edad hay ya el derecho de no ser vale- 
roso. Yo no quiero exponerme á traicionar en unos 
años de pasión senil, todas mis ideas, toda mi vida .. 
Te repito que cuento contigo: debes ser fuerte. 



PEDRO 

Por fuerte que sea y precisamente por serlo, no 
puedo aceptar esa complicidad. Si no puedo con- 
vencerlo, llamaré, gritaré... 



I58 INSÚA Y HERNÁNDEZ O ATA 
JUAN ANTONIO 

Espera... Te digo que esperes... Ten en cuenta 
que ya es tarde para todo, que ya ni la convicción 
ni los gritos podrían detener el veneno que llevo 
en mí... 



¿Qué dice usted? 



PEDRO 

Aterrorizado: 



JUAN ANTONIO 

Que ya es tarde, Pedro... 

PEDRO 

¡Oh!... 

JUAN ANTONIO 



Conociendo tu cariño, y el instinto profesional 
por defender la vida, no he querido hablarte hasta 
que ya todo estuviera hecho. 



PEDRO 



Pero ¿es verdad?... ¿Ha hecho usted eso, tío Juan 
Antonio? 



EL AMOR TARDÍO 1 59 



JUAN ANTONIO 

Lo he hecho lentamente, fríamente, sabiamente, 
como me correspondía... Estudie la mejor forma 
para suprimir el dolor y evitar todo embrutecimien- 
to vergonzoso... Desde aquel desmayo me estoy 
medicinando al revés; estricnina, decía Reyes, para 
estimular el corazón débil ó perezoso... Digitalina 
me inyectaba yo para irlo depauperando más... 



PEDRO 

¡Oh, qué crimen!... 

y 
JUAN ANTONIO 

Y hoy, cuando llegó el momento de operar, el 
veneno, que no deja rastro, habrá encontrado el 
corazón dispuesto á entregarse... Yo no creía tener 
fuerzas para hablarte tanto... Ya ves, me fatigo.. 
Este esfuerzo también me ayuda... 

PEDRO 

Levantándose . 

No... Hav contravenenos. Llamaré... 



I ÓO INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 



JUAN ANTONIO 



No, no. 



¡Déjeme!... 



Deteniéndolo por un brazo, con vi- 
sible esfuerzo: 



PEDRO 



JUAN ANTONIO 



Ve entonces... Grita, arroja sobre mi cadáver el 
ridículo y el escándalo... Que tu maestro, que tu pa- 
dre, como me llamaste, sea enterrado entre chismes 
de porteras... Ve, ve... 



PEDRO 

¡Oh!... 

JUAN ANTONIO 



Esa es la complicidad que quiero de ti. Te lo 
mando; me debes obediencia. 



Saca del cajón de la mesa un gran 
sobre lacrado. 



Mira: como no creí poder decirte todo, te he es- 
crito largamente. Pude elegir á Francisco á tu pa- 
dre ó á Reyes para ejecutar mi voluntad, y te he 



EL AMOR TARDÍO l6l 

elegido á ti. Hay dos sobres: uno público, con mi 
testamento, y con la orden — manías dirán — , para 
que mi cadáver no sea embalsamado: así evitare- 
mos toda indiscreción: El forense conoce mi en- 
fermedad, y no pondrá inconvenientes... Hay otro 
sobre para ti y para Isolina... Cuando pase tiem- 
po, un año, lo que creáis justo, lo abrís, leéis... 
y cumplís mis órdenes... Júrame que nadie sabrá 
nunca... 



PEDRO 

¡Tío Juan Antonio!... 

JUAN ANTONIO 

Júramelo .. jMaldito seas si traicionas la fe que 
he puesto en ti! Te lego mi nombre, que es sagra- 
do... y no has de escarnecerlo con una cobardía... 

PEDRO 

No, no... Se lo juro. 

JUAN ANTONIO 

Te lego también el bien mayor que he* tenido en 
la vida... Cúidala, hazla feliz, como merece... Oye: 
si más allá el espíritu sobrevive y tiene conciencia 

ii 



IÓ2 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

y tiene voluntad, y puede volver... yo volveré; yo 
estaré dentro de ti, Pedro... Serás mi verdadero 
continuador y darás á mi espíritu el supremo goce 
de seguirla poseyendo en tu cuerpo joven... 

Desfalleciendo: 

Déjame reposar un instante... He hablado mu- 
cho; antes hablé también con ella. 

Juan Antonio inclina la cabeza y 
respira fatigosamente. Pedro habla 
con desesperación profunda. 



PEDRO 

¡De modo que dentro de poco esa voz que me ha- 
bla se habrá callado para siempre, esos ojos que 
me miran, no mirarán más! ¡Ha destruido usted lo 
que la Naturaleza, lo que Dios... — yo también creo, 
tío Juan Antonio - , lo que Dios forma sólo de tarde 
en tarde, á costa de millones de hombres mediocres» 
ejemplares abortados del hombre de genio!... 

Juan Antonio tiene un largo tem- 
blor Pedro va á socorrerlo acon- 



jTío! ¿Se siente usted morir?... ¡Tío, dígame el 



nombre del veneno!... ¡Tíoi 



JUAN ANTONIO 



Psch... No grites... Llama á Isolina... Obedece... 
Quiero que seáis vosotros dos los que me llevéis á 



EL AMOR TARDÍO Í63 

la alcoba... Yo no podría ir ya: siento como si mis 
pies acabaran de morirse. 

Pedro va á la puerta y llama con 
voz alterada por la emoción. 



PEDRO 

]¡Isolinali 

JUAN ANTONIO 

En voz natural, Pedro... Sé hombre. 

PEDRO 

j|Isolina!l ¡jlsolinaü 

JUAN ANTONIO 

Tengo tu juramento. 

Isolina aparece en la puerta del 
fondo . 

ISOLINA 

¿Qué pasa?... ¡Juan Antonio! ¿Estás mal, Juan An- 
tonio?... ¡Ohl... 

PEDRO 

Ven... 



1 64 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 
JUAN ANTONIO 

Nada... No te asustes... Necesito... Que me siento 
débil, que no puedo andar bien y quiero acostar- 
me... Nada, en resumen, ¿verdad, Pedro? 



PEDRO 

Sí... 

JUAN ANTONIO 

Ayudadme á ir entre los dos. 

ISOLINA 

Pero estás pálido... Hay que llamar á Reyes. Tú 
estás peor, Juan Antonio... 

JUAN ANTONIO 

No, no te asustes, nenita... 

ISOLINA 

Sí... 

JUAN ANTONIO 

Llevadme... Pasad vuestros brazos por la espal- 
da... Bien... 






EL AMOR TARDÍO 165 

ISOLINA 

¿Pero qué te sientes?... Di... 

PEDRO 

¿Qué se siente usted? 

ISOLINA 

¡Si no puede hablar, Pedro!... 

PEDRO 

Vamos... Ayúdame... 

ISOLINA 

¡Si ya no puede hablar!... 

Lo alzan trabajosamente del sillón. 
Ya Juan Antonio no puede respon- 
* . derles: sus ojos se han vidriado y un,a 

espuma ligera cubre sus labios, que 
comienzan a amoratarse. En un últi- 
mo ademán enlaza con sus brazos á 
Pedro é Isolina, quienes cruzan los 
suyos tras de la espalda del ago- 
nizante para sostenerlo mejor. Y así 
van hacia el fondo, en una marcha 
lenta que dura un largo minuto... Cer- 
ca de la puerta de la alcoba, el cuerpo 
tiene un temblor y se abandona; la 



i66 



INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 



cabeza cae sobre un hombro y luego 
sobre el pecho, para no volver á er- 
guirse nunca. Isolina lanza un grito 
trágico, y Pedro, casi solo, tiene que 
depositar en uno de los sillones el 
cuerpo sin vida. 



ISOLINA 



¡Juan Antonio! 



¡No le sueltes!... 



PEDRO 



ISOLINA 



¡Está frío! 

Corriendo hacia tina de las puertas. 

¡Mamá!... ¡Mamá! ¡¡Mamá!! 



Calla... 



PEDRO 



ISOLINA 



¡¡Mamá!!... ¡¡Mamá! 



U! 



Remedios y Francisco acuden á los 
gritos. Juan aparece también, un mo- 
mento después, en el marco de la 
puerta del fondo. 



EL AMOR TARDfO 1 67 

FRANCISCO 

¡Juan Antonio! 

REMEDIOS 

¡Hijal... 

FRANCISCO 

Arrodillado junto al cuerpo de su 
hermano: 

Juan Antonio... Habíame, Juan Antonio!... Soy 
yo, Francisco... Habíame. 

remedios 
Está yerto... El corazón... 

PEDRO 

Su gran corazón no latirá más... 

francisco 

No, mentira... Es sólo un ataque... Despierta, 
Juan Antonio... Soy yo... 

REMEDIOS 

Ya empieza á ponerse rígido... 



1 68 INSÚA Y HERNÁNDEZ CATA 

FRANCISCO 

A Isolina y á Pedro: 

¿Qué habéis hecho?... 

A Remedios. 

¡Me lo han matadol.. jTuya es la culpaí... jfjuan 
Antonio!! 

REMEDIOS 

jFrancisco!... 

ISOLINA 

¡Oh, mamá, mamá!... 

PEDRO 

Callad; no es hora de reproches... 

FRANCISCO 

Tú también... 

PEDRO 

Callad... Hablo en nombre suyo, es él quien lo 
manda... Soy como si él mismo hablara en mí. 

FRANCISCO 

No... 



EL AMOR TARDÍO 169 

REMEDIOS 

Recemos por él. 

FRANCISCO 

Juan Antonio, Juan Antonio., hermano!... 

PEDRO 

De rodillas todos. El creía; yo sé que su alma 
agradecerá esta oración. 

FRANCISCO 

¡Oh, Juan Antoniol... 

PEDRO 

Silencio... Responded: yo rezo... Ahora me acuer- 
do que sé rezar... "Padre nuestro, que estás en los 
cielos, santificado sea el tu nombre"... 

Todos han caído de rodillas entre 
hondos sollozos, como si, en efecto, 
algo del espíritu de Juan Atonio estu- 
viera ya en Pedro y le diera su auto- 
ridad. Francisco llora inconsolable - 
mente, y responde con todos á la ple- 
garia de Pedro, mientras cae, len- 
tamente, el telón. 



FIN 




S PESETAS 



IMPRENTA PUETO